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GALAXIA ERRANTE













D. D. Puche




Grimald Libros




















© 2017 D. D. Puche.


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© Grimald Libros.

grimaldlibros@gmail.com

1ª edición.

Madrid, 2017.

ISBN: 978-1370962266.




ÍNDICE



PRÓLOGO

APERITIVO

EL ALGUACIL

LA SERPIENTE DE ORO

UNA GOTA EN EL OCÉANO

EL ESCRITOR Y EL DIABLO

SUEÑO PROFUNDO

EL CORREDOR DE LA VEGA

EL PRINCIPIO DEL FIN

LA TUMBA BAJO LAS AGUAS

CEREBRO PIRATEADO

LA MUERTE DEL HIJO

LA PESADILLA

GOD'APP

IN NOMINE PATRIS

LOS ZOMBIS

SER ORCO ES UNA MIERDA

EL AGUJERO DE GUSANO

EL HIJO DE CAÍN

CUENTO DE NAVIDAD

MÁS ALLÁ DE LA LUZ

HOMENAJE-X

EL SUEÑO DEL ANDROIDE

LA GUERRA

UNA HISTORIA NEGRA

PRIME TIME

EL DETECTIVE

EL CABALLERO DE LA ROSA BLANCA

LA VISIÓN

EL CIELO INALCANZABLE

EL PSICOVERSO












Es el momento de recordar a aquellos

sin los cuales esta obra no existiría,

pero sus nombres son tantos que no alcanza

la memoria, y llenarían más páginas

que las que ocupan estos relatos;

dejémoslo así, entonces,

pues cada libro remite a todos los demás.

















PRÓLOGO







Reúno aquí una colección de relatos escritos durante el año que llevó la publicación original de mi primera novela, Balada de los caídos. Comparten con ella la combinación de los géneros de la fantasía, el terror y el noir, si bien en esta ocasión tiene una importancia central la ciencia ficción. Estos relatos, que aparecieron de manera regular en el blog promocional de aquella novela ‒pues quería ofrecer entretenimiento a amigos y demás lectores durante la espera‒, terminaron no obstante convirtiéndose en el centro de mi ocupación como escritor en ese período. Con ellos he aprendido mucho sobre el oficio, y varias de estas historias breves son el germen de proyectos más extensos que ya estoy desarrollando.

La fantasía, el terror y la ciencia ficción –quizá especialmente esta última, que por ello es mi predilecta– son por lo general considerados “géneros menores” por el establishment cultural, lo cual es imperdonable después de A. C. Clarke, Asimov, P. K. Dick, W. Gibson, Lovecraft, Machen, R. W. Chambers, Borges, George R. Martin, Pratchett o Sapkowski, por citar sólo a algunos autores. Dichos géneros, de hecho, son especialmente idóneos para jugar con las grandes ideas; constituyen potentes herramientas metafóricas de análisis y crítica del mundo actual, sin que ello afecte en lo más mínimo a su amenidad y valor narrativo. En un panorama literario bastante conformista y casi monopolizado por los insulsos best sellers que hoy lo acaparan todo –en su mayoría basura literaria–, esos “géneros menores” aún pueden abrir y sostener la distancia crítica frente a lo “real” que es consustancial a la literatura misma. Esa distancia es el espacio de la reflexión, de la alternativa, de la posibilidad; el espacio de una subjetividad que se niega a disolverse en los marcos narrativos preestablecidos por el sistema, por la industria cultural que condiciona a las masas. 

Se podrá alegar que estos géneros forman parte –como todo en el mercado global– de la propia industria, y que pueden ser y son vehículos, precisamente, de esa narrativa preestablecida. En efecto, nada es puro ni se salva de la manipulación o el uso espurio. Pero bien empleados, son lenguajes subversivos con una singular potencia para despertar la conciencia crítica y hasta la utópica. Al romper con lo ordinario y cotidiano, al situarse en un punto de vista antes, después o fuera de este mundo, nos permiten conceptualizarlo y contemplarlo con ojos totalmente diferentes. Nos dan la perspectiva desde la que repensar la condición humana y nuestros conflictos psicológicos, sociales e incluso metafísicos. Estos géneros marcaron mi infancia, adolescencia y juventud, dándome un horizonte desde el que entender la literatura en general, y aquí intento hacer una humilde aportación a los mismos.   

Espero contribuir en algo a los esfuerzos de los maestros que me han precedido y a los que se lo debo todo, y que el lector disfrute tanto leyendo mis relatos como yo he sufrido escribiéndolos.



Madrid, mayo de 2017
















APERITIVO







El zombi anduvo unos pasos con mirada desorientada, su mente perdida en quién sabe qué infinita nada interior. El brazo derecho levantado; llevaba algo en el izquierdo, ya ni siquiera recordaba qué. Como él, cientos se agolpaban en el centro comercial, recorriendo desordenadamente los pasillos y arrasando con todo lo que encontraban a su paso. El lugar había sido tomado esa mañana; los caminantes pasaron por encima de los guardas de seguridad de las puertas, quienes sólo pudieron contemplarlos como la marea imparable que eran. A esas horas de la tarde todavía acudían hacia allí varios miles más, atraídos por los reclamos de la música y las grandes luces de neón.

El zombi miró hacia delante y súbitamente una chispa de lucidez iluminó su mente.

–Señor, ¿tiene algún vale de descuento?

–No, no tengo.

Le dio a la cajera la tarjeta de crédito que llevaba en la mano derecha. Marcó el código, recogió su resguardo de pago y salió del centro comercial con la bolsa de la compra. «Cuánta gente. Qué asco», pensó mientras cruzaba las grandes puertas acristaladas. 

















EL ALGUACIL







El alguacil se colocó de espalda a la pared, junto a las escaleras, al oír de nuevo ese asqueroso sonido. El terror le nublaba la mente y ya no sabía si se trataba de un simple ruido más de las maderas de la casa, o si indicaba la presencia de algo, allí dentro, cerca de él. Había visto al abogado muerto, escaleras abajo, en el amplio vestíbulo, y había quedado solo en la gran mansión victoriana, que había sido propiedad de la viuda condesa de Westchester, recientemente fallecida. El cuerpo exangüe del abogado yacía boca arriba con una expresión de terror antinatural, como si algo lo hubiese matado de miedo, o más bien como si directamente le hubiese arrancado el alma.

No en vano, eran abundantes los rumores en Candiceshire acerca de la vieja mansión del potentado del lugar, el conde de Westchester, desde que murió veinte años atrás. Incluso desde diez años antes, cuando nació su hijo loco Alfred, perpetuamente encerrado y nunca visto por las gentes del pueblo. Mucho se murmuraba acerca de la tragedia de aquella casa, y más aún, la de aquel chico del que se decía que había nacido mal, que estaba jorobado y deforme, que mataba animalillos por placer, que incluso era hijo del demonio, y no del conde.

El viejo abogado, el señor Wallace, sabía por supuesto que eso sólo eran habladurías de la gente del pueblo, charlatanería de una comunidad ignorante y temerosa, en aquella lejana comarca donde pervivían antiguas supersticiones que alimentaban los temores nocturnos. «Probablemente sólo era un pobre chico con alguna malformación, quizá demente», le decía al alguacil, pocos días antes, cuando todo aquello comenzó. «Por eso nunca fue allí ni el maestro de la escuela. Les avergonzaría mostrarlo. Debió de criarse con las enseñanzas de su madre, sin ver apenas la luz del sol y sin disfrutar de la compañía de chicos de su edad. No poder hacer vida social y vivir en esa absoluta soledad sí que debió de volverlo loco, si no lo estaba ya. Recientes teorías de un célebre neurólogo austríaco, ahora no recuerdo su nombre, recomiendan la liberación de la vida instintiva como receta para una vida saludable, ¿me entiende usted, sr. Whitaker?». El alguacil apenas hizo un gesto de haber comprendido. «La represión anímica a la que lo sometieron sus padres por vergüenza, por la vergüenza de esta sociedad nuestra y su hipócrita moralidad, fue lo que destruyó a la familia entera».

El alguacil encendió su pipa mientras el abogado saboreaba su brandy y seguía hablando con la copa de balón en la mano, sentados ambos en el despacho de este último. «Ahora que lo recuerdo, sí que tuvo un maestro una vez; ¿cómo se llamaba? ¿Arterton? ¿Atchinson?». Miraba distraído un cuadro de una caza de ciervos colgado de la alta pared, mientras intentaba recordar. «¡Anderson! Sí, Anderson, un hombre muy recto y amable con los chicos, de ascendencia holandesa, creo… En efecto, estuvo unos años en el pueblo, en la escuela de primaria. Recuerdo que fue por entonces cuando dio clases a mi hijo mayor, William, cuando tenía apenas once años. Usted no lo conoció, claro, ya que llegó a nuestra localidad poco después de que él se marchara». «Ajá», respondió lacónicamente el alguacil Whitaker. «Sí, pues aquel hombre –prosiguió el sr. Wallace– se presentó voluntariamente para ir a dar unas clases al chico Westchester, que rondaba la edad de mi hijo. Tal era la dedicación y la vocación de aquel hombre, pese a que ya entonces las habladurías sobre el chico estaban bastante extendidas por el pueblo. Él decía que todo el mundo tiene derecho a leer a Dickens, a aprender de las palabras de Horacio, o a conocer la historia de nuestra gran nación. Sin embargo, no duró mucho allí, ¿sabe usted? Y no por voluntad propia, sino de los padres del chico, que lo despidieron. Nunca dijo palabra alguna, ni más alta ni más baja, aquel hombre piadoso e ilustrado; no dio nunca pábulo a la charlatanería enfermiza sobre el pobre hijo de los Westchester, ni quiso acrecentar la triste leyenda negra asociada a la mansión, allá arriba en la colina. Tal era su celo y honestidad. Poco después, un año o dos a lo sumo, se fue a Nottingham; le ofrecieron trabajo en una escuela de prestigio. Y como usted sabe, ningún otro maestro subió jamás a la mansión de nuevo, ni nunca más se vio a los condes aquí abajo. Sabíamos que seguían vivos por sus criados, que bajaban a comprar al pueblo. Eso mientras tuvieron criados, claro; es decir, hasta la muerte del conde. Yo, pese a ser su albacea, apenas lo vi tres veces antes de su muerte, y creo que fue en su misa fúnebre cuando se vio a la condesa por última vez. Sí, ésa fue la última vez, que yo recuerde».

«Y ahora que ha muerto la condesa Westchester, y que el anciano mayordomo de la casa se encuentra agonizante en el hospital a la espera de reunirse con el Creador, habría que ver qué fue del chico». El abogado se detuvo unos segundos, como pensando en algo muy lejano. «No se ha vuelto a saber de ese pobre chico desde hace veinte años, y que se sepa no murió… O se le habría enterrado en el panteón familiar. A no ser, claro… que algo le ocurriera y haya sido enterrado en la propiedad, en tanto silencio como ha transcurrido su vida».

«Hum», fue la única respuesta del alguacil, mientras expelía volutas de humo que se expandían por la penumbra del despacho hasta fundirse con los libros de las estanterías, llenos de polvo.

«En cualquier caso –prosiguió el abogado– hemos de subir allí a ejecutar todo lo relativo al testamento de la condesa. Qué caso tan lamentable. Si no fuera porque el señor Wickett, quien desde que el mayordomo cayó enfermo subía semanalmente la compra a la mansión, encontró el cuerpo sin vida de la condesa, ni siquiera sabríamos de su fallecimiento». El alguacil lo miró de reojo, chupando su pipa con denuedo. «Una triste forma de dejar este mundo», comento para sí mismo con agria expresión.

«Así pues», siguió diciendo el abogado, con la energía que siempre lo caracterizó, «he buscado en mis archivos todos los papeles relativos a la familia Westchester, que son abundantes. Deberíamos subir a la mansión lo antes posible, quizá mañana o pasado mañana, si usted está de acuerdo». «Ningún buen cristiano subiría a la casa de ese bastardo del demonio», musitó el alguacil sin inmutarse, con la pipa entre sus dientes. «Valoro mucho sus comentarios, señor Whitaker», contestó flemático el viejo abogado, «pero en cualquier caso hemos de hacer cumplir la ley, usted y yo, siendo como somos sus representantes en la localidad, y yo además el albacea testamentario de los condes». «Maldita sea», espetó el seco alguacil, dando por zanjada la conversación, aunque sin ánimo de ofender al abogado, como éste –que lo conocía desde hacía años– sabía muy bien. «De acuerdo entonces. Mañana es un día tan bueno como cualquier otro».

Pero el día siguiente no fue un día tan bueno como cualquier otro. Tras las oxidadas puertas de hierro de la gran mansión tan sólo se veía una tierra herida de muerte por el abandono, entre vientos fríos y húmedos y bajo un cielo plomizo y desolador. Las puertas estaban abiertas desde hacía mucho tiempo, concretamente desde que el señor Wickett comenzara a subir los suministros a la casa, así que no tuvieron problemas para entrar. Unos días antes el alguacil y su ayudante, acompañados por el doctor Peabody, el propio señor Wickett y un hombre del pueblo, habían estado allí arriba levantando el cadáver de la condesa. Ni rastro de su hijo, pero tampoco se molestaron en buscarlo. Todos querían salir de allí cuanto antes. En esta ocasión, el alguacil y el abogado se encontraron, tras cruzar los arruinados jardines, con el aroma de la vieja madera y de las telas podridas de la casa, con el omnipresente polvo y con un intenso y pegajoso olor a cirios. Les llamó la atención, en aquel salón vigilado por las figuras de oscuros lienzos, el enorme reloj de pared y que los muebles estuvieran cubiertos por sábanas. Una rata se les cruzó justo delante de las antaño suntuosas escaleras que llevaban al piso superior.

Avanzaron con cierta cautela por el amplio vestíbulo, que daba paso a la biblioteca. Se presentaron en voz alta para dejar constancia de que estaban allí y preguntaron si había alguien más en la casa, pero sólo recibieron por respuesta el temblor de los cristales por la tormenta que se avecinaba, el chirriar de la madera podrida bajo sus pies, y el eco tenebroso de sus propias voces. Entraron en la biblioteca. El abogado sacó de su cartera de cuero la voluminosa carpeta con los papeles de los Westchester y la puso sobre una robusta mesa de roble en el centro de la estancia. A su alrededor se levantaban altísimas estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de los volúmenes más variopintos, sin duda el legado de generaciones. «Tendremos que encender algunas lámparas para poder trabajar aquí, pues pronto oscurecerá por la tormenta y ya casi no se ve nada», dijo el abogado tras descorrer las gruesas cortinas de la habitación, disponiéndose también a encender una estufa de carbón que encontró frente a un sillón, justo al lado de la ventana. Por suerte el alguacil había traído un candil, y pronto dieron algo más de calidez al lóbrego lugar, hogar de sombras y recuerdos marchitos.

Mientras el abogado preparaba todos los papeles, sugirió al alguacil que buscara al chico por la casa, ya que ni el mayordomo ni nadie más habían podido confirmar si aún seguía con vida. «Mire en los pisos superiores, sr. Whitaker. Si ese desdichado sigue en este mundo, probablemente se esconda en las alcobas. Si los relatos son ciertos, habría estado recluido allí; puede que lo que halle sea su cadáver. Quién sabe si sólo un esqueleto». El alguacil lo miró con cara de asco, pero se dispuso a subir por las grandes escaleras de vestíbulo. Cuando estaba a punto de dejar la biblioteca, el abogado le advirtió: «y por lo que más quiera, tenga cuidado»; pero el alguacil ni se giró ni contestó. Fue la última vez que vio con vida al abogado.

El sonido de la madera crujiente bajo los alfombrados peldaños era parecido al de la leña que crepita en una chimenea, y daba la impresión de que la escalera fuera a venirse abajo en cualquier momento. Mientras subía lentamente, el alguacil proyectaba con su candil un círculo de luz sobre el pasillo perpendicular de la planta superior, creando nuevas sombras donde antes sólo había una mortecina luz de ocaso. Una vez arriba, se halló en un largo pasillo que recorría longitudinalmente la mansión, con múltiples puertas que se abrían en sus laterales dando paso a otras tantas estancias. A lo largo de la pared, más cuadros de antepasados vigilaban el ancho pasillo de esa espantosa casa muerta. El alguacil anduvo tanteando las puertas, pero comprobó con desagrado e inquietud que todas estaban cerradas con llave. Aquello le extrañó mucho, pero le provocó una inquietud aún mayor el darse cuenta de que las cerraduras de las puertas no estaban en su lado, el exterior, sino que estaban cerradas desde dentro.

Abajo, el abogado anduvo pacientemente por la habitación, cubierta de una gruesa capa de polvo y con una desasosegante carga de memoria familiar en sus cuatro paredes. Por curiosidad ladeó la cabeza para leer los títulos de algunos de los volúmenes que ocupaban las estanterías. Había toda clase de libros de historia y de literatura, no sólo inglesa, sino universal. Pudo ver escritos de Quevedo o de Víctor Hugo. Ello no era raro; al contrario, era una biblioteca muy bien escogida, similar a la suya, sólo que diez veces mayor, y con la diferencia obvia de que la biblioteca del abogado estaba llena de libros de leyes. Entonces llegó a un estante donde algo le llamó la atención: vio un libro de Horacio. Recordó que era uno de los clásicos que el maestro dijo, hace tantos años, que el niño de los Westchester tenía el derecho de conocer… y que él había mencionado el día antes, hablando con el alguacil. Súbitamente algo lo inquietó sobremanera: todas las baldas estaban llenas de polvo, pero justo delante de ese libro en particular había un surco limpio en la madera, como si alguien hubiese metido el libro en su lugar poco tiempo antes.

Arriba, el alguacil se dirigió a la última habitación, situada al final del pasillo. Se acercó cauteloso a la puerta, ya que el corazón empezaba a latirle con fuerza, algo atenazado como estaba por el ambiente opresivo del lugar, y sin duda condicionado por las extrañas habladurías del pueblo. Entonces se percató de un detalle que lo agitó aún más: esa puerta sí tenía una cerradura por el lado de fuera. Era la única que había visto así. Intentó abrirla, pero la llave estaba igualmente echada. Llamó a la puerta y se presentó de viva voz para ver si alguien respondía, pero la única respuesta, una vez más, fue el viento golpeando en las ventanas y el silencio al otro lado de la madera. Fue en ese momento cuando oyó el desgarrador grito que venía de la planta inferior; un grito horrible que sin lugar a dudas procedía del abogado. Corrió hasta el pasamanos de las escaleras y desde allí pudo ver el cuerpo sin vida de éste, abajo, tirado en el suelo del vestíbulo, justo frente a la puerta de la biblioteca. Parecía muerto de terror, totalmente blanco, con los ojos abiertos de par en par en una horrenda mueca y con los dedos crispados.

El alguacil casi entró en estado de pánico, pero escudriñando las sombras alrededor del cadáver, con su candil levantado, no vio nada ni a nadie. Sacó su revólver –que portaba a pesar de no ser reglamentario– de forma instintiva, para sentirse más seguro, aunque no sabía ni de qué debía protegerse. Resolvió que lo más prudente era marcharse de allí cuanto antes. Más que prudencia, fue el puro miedo el que le ordenó salir de allí inmediatamente; el miedo a algo que no podía identificar, pero que ya había matado al abogado. La tormenta había llegado a la colina, pero no importaba: tan sólo deseaba salir del lugar y volver cuanto antes al pueblo. Ya subiría a la mañana siguiente, acompañado por su ayudante y varios hombres más del pueblo, a por el cuerpo del abogado. Pero ahora no se iba a quedar ni un minuto más.

Se dirigió a la puerta de entrada, la que había permanecido varios días abierta y que el abogado y él habían cruzado sin problemas apenas una hora antes. Sin embargo, ya no podía abrirse: estaba cerrada con llave. Había alguien más en la mansión, con él, quizá observándolo. Definitivamente, el abogado había sido asesinado. Preso del pánico, con el corazón disparado en el pecho, el alguacil apoyó la espalda contra la pared, el revólver en una mano y el candil en alto en la otra, mirando a su alrededor, a uno y otro lado compulsivamente, como si algo que un instante antes no estaba allí fuera a aparecer de repente. Pero ni en el vestíbulo había nadie ni escaleras arriba tampoco. Estuviera quien estuviera allí, tendría que verlo venir.

Con sudor frío en la frente, el pulso acelerado hasta casi dejarlo sin aliento, y tembloroso como no había estado desde sus años de juventud, en la guerra de Sudáfrica, intentó serenarse y pensar un poco. Podría descerrajarle un balazo a la cerradura. Pero no, era un modelo antiguo, grande y de hierro, y probablemente resistiría. Podría buscar una puerta de servicio, en la parte trasera de la mansión. Pero si alguien había cerrado la puerta delantera habría hecho lo mismo con cualesquiera otras, y lo último que quería hacer era alejarse de la aparente seguridad de aquel vestíbulo, que podría controlar a distancia. ¿Romper una ventana y saltar por ella? Era un riesgo, dada la altura de los ventanales. Y si se rompía una pierna, estaba acabado.

Un sonido interrumpió sus pensamientos, febriles como los de un niño enfermo e igual de inconexos. No sabía si había sido un crujido más en aquella vetusta casa de madera vieja, pero le sonó más bien como el gorgoteo de algo vivo. Cambió de idea y decidió subir a la planta superior, pues de repente no se sintió seguro allí abajo; le pareció que el ruido procedía de algún punto de la planta baja de la mansión. Así, con la espalda contra la pared, rodeó el vestíbulo y fue subiendo, paso a paso, la gran escalera, sin perder de vista el cadáver del abogado. Le costaba respirar y a cada momento apuntaba con el revólver escaleras arriba y escaleras abajo, como si algo se le fuera a echar encima de improviso. La mano con el candil le temblaba y hacía oscilar la luz que éste arrojaba.

Oyó de nuevo esa especie de gorgoteo, casi como una voz inmunda que intentara decir algo, pero esta vez más cerca de él. Nada había allí, sin embargo, salvo muebles viejos y lienzos con ojos que se clavaban en él. Estaba a mitad de la escalera cuando sus piernas, impotentes de espanto, le impidieron avanzar más. Casi de rodillas, agitando el candil de un lado a otro, volvió a escuchar el gorgoteo, muy próximo, y sintió un aliento frío en su nuca. Pegó dos tiros al aire. De nuevo aquella especie de voz macabra, cada vez más cerca, casi dentro de su cabeza. Otro tiro escaleras abajo, y otro más escaleras arriba. El alguacil sollozaba como no lo había hecho nunca, sintiendo el frío de la muerte cerca de él.

Y entonces, con una repentina ráfaga de aire gélido, la luz del candil se apagó, pese a la pantalla de cristal que lo cubría. Oyendo ya sólo su propia respiración desenfrenada y su corazón palpitando casi fuera de su pecho, gritó de pánico y disparó las únicas dos balas que le quedaban.

Nadie volvió a ver al alguacil, ni al abogado, y nadie subió jamás de nuevo a la mansión de la colina. Sin embargo, algunos pastores de la zona, que siempre se quedan con sus rebaños prudentemente lejos de la casa de los Westchester, dicen que algunas noches se puede ver una tenue luz en una ventana, siempre en la misma. El señor Wickett, que conoció la casa, afirma que esa ventana es la de la biblioteca. Parece como si alguien siguiera allí leyendo, en la soledad de la noche.

















LA SERPIENTE DE ORO







El dragón agonizaba en el fondo de su caverna, tumbado boca arriba, lleno de heridas de ballesta y de picas, con una de sus alas quebrada y ya sin aliento. Sus grandes ojos dorados, antes de cerrarse para siempre, vieron por última vez el mundo. El grupo de humanos que lo rodeaba gritaba en su tosca lengua; celebraban su victoria y vitoreaban al guerrero que los lideraba. Ese que, subido a su vientre desnudo, estaba a punto de hundir una larga espada en su corazón. En ese momento escaparía su suspiro postrero y uno de los últimos de su especie habría desaparecido. Aquel hombrecito ridículo, ese ser inferior, tan vanidoso como insignificante, daría muerte a una criatura que no era capaz de entender siquiera. Los dragones habían dominado la tierra durante eones, y llegaron a ser incontables. Ellos mantenían el equilibrio de la naturaleza, el orden eterno, como reyes indiscutibles que eran. Su sabiduría milenaria llegaba hasta donde la de esos primates cubiertos de cuero y metal no llegaría jamás; su origen innoble era el destino al que nunca escaparían. Ellos no habían nacido del fuego y de la roca, no habían contemplado el surgimiento y el ocaso de las cosas; ni siquiera conocían su propio génesis, y por eso tenían que inventarse ridículos mitos... tan corta y miserable eran su vida y su memoria. Pero rápidamente poblaron la tierra, con esa brutalidad que los caracterizaba, mientras que la raza de los dragones era vieja y marchita. La madre naturaleza ya no parecía estar de su parte. Hacía mucho tiempo que no nacían nuevos dragones, y los más jóvenes, que contaban con apenas unos siglos de vida, fueron rápidamente cazados. Después empezó el largo exterminio de los mayores. Eran poderosos, pero no podían con los ejércitos que mandaban contra ellos, uno tras otro, cada vez con armas más poderosas, surgidas del retorcido ingenio de esa especie. Y ahora le tocaba a él, a Radraj, que había visto apagarse estrellas en el firmamento, crecer bosques enteros y levantarse montañas, que recordaba perfectamente cuando aquellos simios grotescos salieron de pestilentes cuevas y empezaron a vestirse con pieles de animales. Nunca lo hubieran podido hacer sin el fuego que, por derecho, pertenecía a su raza, el fuego que aquel necio innombrable les cedió, apiadándose de ellos, cuando demostraron las primeras luces de la inteligencia. Qué inmenso error. Aquellos simios dominarían la tierra y la arrasarían. No sabían hacer otra cosa. Eran una plaga.

Decían que los dragones eran el mal, la peor amenaza para la humanidad, pero sólo era la excusa para apoderarse del oro que nacía de sus entrañas. Ese residuo de su digestión de años, en su vientre de fuego y azufre. Aquel metal blando y brillante que para ellos sólo era un desecho, desde antiguo empleado como cómodo lecho. Primero los hombres hallaron pepitas sueltas en los ríos; después encontraron su auténtico origen, bajo tierra, en las tumbas sepultadas milenios atrás de antiguos dragones que murieron sobre sus lechos. Y cuando dedujeron que aquellos esqueletos eran de dragón, y que por tanto junto a los aún vivos tendría que haber más oro, vinieron a buscarlo. Vanos fueron los intentos de algunas grandes serpientes de oro, como también los conocían, por dárselo; al fin y al cabo para ellas no tenía gran valor. Los humanos no atendían a razones, no querían lo que consideraban las migajas de los dragones. Querían todo el oro. Y como no entendían de dónde procedía, empezaron a matarlos. Sólo así tendrían todo el botín, que pensaban que los dragones querían quedarse para sí. Crearon estúpidas leyendas para justificar sus actos, que hablaban de dragones asolando ciudades enteras ¡para robar su oro!, y de valientes caballeros que, armados sólo con su espada y su valor, habían derrotado a un dragón en solitario combate. Qué cosa tan ridícula. Ninguno de ellos podría jamás hacer cosa así; sería como si una mosca pudiera aplastarlos a ellos en pelea singular. No, venían por decenas, cuando no por cientos, con sus artilugios de batalla, con el bronce, y después con el hierro, y más tarde con el acero... Los mataban y profanaban sus cadáveres para quedarse sus dientes y huesos como signos de victoria y caros ornamentos... y por supuesto el oro, todo el oro... ese que los dragones no podían dejar de producir –¡ojalá pudieran! Así habrían alejado tanta codicia de sí–. El oro que desaparecería con el último dragón. Era lo que los estúpidos simios no entendían: que la fuente de aquello de lo que querían apoderarse eran los nobles seres a los que daban muerte para hacerlo. Destruían el origen de lo que ansiaban. Raza maldita y absurda donde las hubiera. Cuando todo el oro hubiera sido robado, ¿qué harían? ¿Qué querrían entonces? Se encapricharían de otra cosa, y después de otra, y de otra... y aniquilarían el mundo entero para conseguirlas. 

Pero ya era tarde para Radraj, más viejo que el más viejo roble rojo. El humano hundió su espada en su pecho hasta la empuñadura y atravesó su corazón. Entre los gritos de júbilo de las crueles criaturas, dejó escapar su último rugido, una mezcla de dolor y miedo y tristeza por el destino de su estirpe. Sus ojos se abrieron de par en par durante un instante para cerrarse lentamente a continuación, a medida que su vida se apagaba. Sus dobles párpados ocultaron para siempre las bellas pupilas doradas que habían visto pasar océanos de tiempo y la tierra fue, de repente, un lugar un poco menos mágico.
















UNA GOTA EN EL OCÉANO







La sensación de ingravidez era maravillosa. Se movía sin descanso por la Red, sin conciencia del paso del tiempo, en una vida que no se contaba por días ni meses ni años sino por microsegundos; la escala de tiempo propia de impulsos eléctricos que no tienen limitaciones orgánicas. Una vida en la que se experimenta tanto en unos cuantos segundos como en varios días; en la que un día es una vida y un año la eternidad. El acceso a toda la información, la posibilidad de viajar por los torrentes de datos del Núcleo, desbordaba cualquier capacidad de representación; era algo inimaginable para una conciencia humana, atada a la percepción, a los limitadísimos sentidos resultantes de unos cuantos millones de años de evolución biológica. No podemos imaginar lo que no somos capaces de percibir, y la Red es el País de las Maravillas que hace que la mente casi estalle de éxtasis al romper sus propias barreras. Poco más de un siglo de desarrollo tecnológico había transformado más el intelecto humano que toda la historia biológica precedente. Ahora el Homo sapiens dictaba el curso de su evolución.

Lisa sentía verdadera ansia accediendo a las descomunales bases de datos donde la gente hablaba de sí misma y se exponía al mundo. Y los medios de comunicación, las investigaciones científicas, los altibajos de la bolsa... Leía exabites de información, es más: los absorbía, retenía toda esa información y la hacía ser parte de sí. Su conciencia crecía por momentos y llegaba más lejos de lo que jamás pudiera haber soñado. Sabía ya tanto que no podía soportarlo, que pensaba que se iba a volver loca, que estallaría, por decirlo de algún modo, y todos esos datos y su propia psique, sus recuerdos personales, su biografía, quien ella era, se perdería en la infinita vastedad de la Red. Pero ese momento aún no llegaba, y la sensación de desbordamiento era tan poderosa, tan adictiva, que no podía evitar seguir y seguir y transformarse a cada instante en un ser más grande, más sabio, más unido a todas las cosas. A veces jugaba a traspasar alguna frontera prohibida, las capas de seguridad de una base de datos protegida, de alguna empresa o gobierno. Para una mente como la suya no era difícil, en principio; tanto era el conocimiento acumulado y la experiencia de la Red que poseía. No lo hacía para conseguir nada, porque nada tenía que ganar ahí, salvo más conocimiento y experiencia, que era lo único que le importaba. No, lo hacía por pura diversión, para probarse a sí misma. A veces lo conseguía, aunque por lo general las barreras la repelían y otros como ella, más poderosos aún, la atacaban. En alguna ocasión hasta le hicieron daño, y perdió una parte considerable de su información. Pero no importó. Tuvo que reconstituirse, empezar de nuevo, y casi fue hasta gratificante dejar de saber todo aquello para poder volver a averiguarlo. El camino era la meta, no había un final.

Pero claro, es que Lisa estaba muerta. Era un espíritu de la Red, viviendo una inmortalidad virtual.

Desde que se produjo la primera conexión directa de un cerebro humano a una red neural artificial (gracias al desarrollo del conversor Hall-Kranz en 2025), la expansión de la conciencia llevó al ser humano a estados antes jamás imaginados. El Übermensch nietzscheano cobró realidad –así lo creyeron algunos– bajo el aspecto del hombre-máquina. A partir de ese salto tecnológico, cuyas primeras víctimas fueron después consideradas pioneras y mártires del Nuevo Tiempo, todo lo que había sido considerado “naturaleza humana” fue revaluado y se entró de lleno en la vorágine de una continua transformación del cuerpo y la mente. Biotecnología y cibernética remodelaron el interior y el exterior del ser humano hasta hacerlo irreconocible. De todos los cambios producidos desde ese momento ninguno fue comparable, desde luego, a la posibilidad del “volcado” de la conciencia en la Red a través del conversor HK; es verdad que la digitalización completa de los patrones cognitivo-afectivos y del contenido mnémico de la conciencia tuvo que esperar al descubrimiento de los logaritmos de Le Rouge, los cuales permitieron manejar una cantidad tan ingente de información. Pero, tras las correcciones de Fukuyama, que ayudaron a disminuir el margen de inestabilidad del cifrado de los impulsos electroquímicos del cerebro en “huellas” digitales, la posibilidad de que un ser humano abandonara su cuerpo, incluso de forma definitiva, para alojarse en la Red como una entidad se transformó en una realidad. De esta forma, se consiguió separar con éxito y permanentemente una mente de su cuerpo, definiéndose así los parámetros de una nueva forma de vida humana sin soporte físico.

Tal acontecimiento no fue solamente un avance tecnológico considerado por muchos el más importante de la historia –la clave de la inmortalidad, al menos cuando se solucione el problema que aún hoy sigue vigente–, sino que tuvo consecuencias filosóficas, éticas y legales incalculables: si se puede aislar la conciencia del cuerpo, ¿no estamos ante la prueba indiscutible de la existencia del alma? Así es como ciertos sectores de la comunidad científica no han tenido reparo en llamar a tales entidades, y en efecto, el debate social y político acerca de esta cuestión ha sido tan controvertido que hasta cayeron gobiernos y hubo miles de muertos en numerosos países como consecuencia de los ataques perpetrados por el integrismo religioso. Se sucedieron manifestaciones en todo el mundo a favor o en contra del uso de tal tecnología, y las páginas periodísticas y científicas que se escribieron podrían llenar bibliotecas enteras. Pero finalmente, como no podía ser de otra manera –nunca se ha desarrollado una tecnología para no ser usada, como también han demostrado los experimentos de clonación de seres humanos–, la mayoría de los gobiernos legalizaron ciertos supuestos de la digitalización de la psique (o como se suele decir, uploading). Consideraron que se iba a hacer en cualquier caso, y que más valía la pena controlar el proceso que dejar que se convirtiera en un mercado ilegal. 

Ello tuvo como consecuencia el mayor cambio sociológico de todos los tiempos y la aparición de numerosas Weltanschauungen y teologías nuevas que pretendían dar cuenta del fenómeno del alma. En una época en que la religión, en el mundo occidental, parecía desaparecer víctima de su propio oscurantismo y reacción en contra de la ciencia y la tecnología, fueron precisamente éstas las que le dieron un nuevo contenido a su doctrina y, por tanto, las que le permitieron recuperar e incrementar el poder que había perdido en las décadas anteriores. Lo que parecía un terreno exclusivo de la neurociencia, la psiquiatría y la psicología ‒el estudio de la conducta humana‒, se abrió de repente a una discusión en la que la teología y la filosofía jugaban un papel esencial, como en siglos pasados. Los nuevos ontólogos de la era de la información y los ciberpsicólogos se convirtieron en voces que, mezcladas con las de enloquecidos predicadores apocalípticos, condujeron a estados de opinión pública totalmente inéditos. Como cada vez más gente quería digitalizar su conciencia y liberarse de la existencia material y la necesidad, esas polémicas no hacían sino crecer.

Lisa era, sin embargo, ajena a ellas. O mejor dicho, las veía desde el otro lado, como algo insignificante en un universo de información donde las discusiones de la gente sólo eran datos de fondo, como ruido que llegaba desde muy lejos y no importaba demasiado. Tenía diecisiete años cuando murió, y como sus padres eran ricos (el padre dirigía una próspera empresa de logística), pudieron pagar el costosísimo proceso de digitalización de sus patrones cognitivos y emocionales, que por supuesto no estaba al alcance de todos los bolsillos. Hasta la inmortalidad es un privilegio de los ricos, que pueden costeársela. Así, la difunta Elizabeth Birgham, fallecida en un accidente de tráfico porque un borracho, incomprensiblemente, decidió conducir su coche en modo manual, se convirtió en una persona digital jurídicamente reconocida por el Reino Unido y amparada por el derecho internacional. Como se suele decir, subieron su alma a la Red. Durante el proceso su madre no se separó de ella ni un momento, y rezaba oraciones con la frente apoyada contra el tanque de crio-éxtasis que acogía el cadáver de su hija, en la empresa funeraria. Al otro lado del grueso plástico transparente, la cara inerte y gélida de Lisa, que nunca volvería a acariciar. Sin embargo, su alma perduraría en el Núcleo, libre de la carne, moviéndose a lo largo y ancho –es una forma de hablar, claro– del océano de información; y de hecho sobreviviría a todos los suyos, aunque su madre tenía la esperanza de encontrarse allá arriba, algún día, con ella.

Durante los primeros meses, Lisa se ponía en contacto frecuentemente con sus familiares y amigos. Éstos la llamaban, con sus cerebros enchufados a la Red, y ella los oía desde infinitas distancias y se acercaba a ellos y les susurraba, les decía «aquí estoy», y «os quiero» y cosas parecidas, y ellos se reconfortaban porque la pequeña Lisa estaba allí con ellos, aunque en realidad no estuviera allí, sino en ningún lado, o en todas partes a la vez; era algo que a los vivos les costaba mucho entender, como a los difuntos que se despertaban en la Red. Pero en cuanto estos últimos empezaban a comprender su nueva condición y se acomodaban a ella, comenzaban a cambiar de forma irreversible, porque ya no podían pensar como antes. No veían con sus ojos, no escuchaban con sus oídos, ni tocaban con su piel, y las sensaciones y las emociones, el amor y el odio y el miedo, dejaban poco a poco de significar algo. Todo era información, conocimiento, liberación absoluta de las limitaciones que la animalidad antes les había impuesto. Trascendían a un estado superior de existencia que sus conocidos no podían concebir, y de este modo, paulatinamente, se iban alejando de ellos, y sus seres queridos, cuando contactaban, cada vez los notaban más distantes, y sabían que se iban, y el dolor los consumía como cuando los dejaron por vez primera. Eso le pasaba a Lisa con su familia y sus amigos: éstos ya prácticamente no le interesaban, no tenían nada que aportarle, y su recuerdo era una billonésima parte de lo que ahora sabía y se perdía entre toda aquella información como una serie de datos vagos e imprecisos que recordaba de una existencia que parecía haber tenido lugar millones de años atrás. 

Ése es el problema que los científicos aún no han conseguido resolver: se ha conseguido la inmortalidad, pero no la inmortalidad personal. El alma, entendida como sustrato de datos interrelacionados, sobrevive al cuerpo para siempre, pero no la personalidad. Y al fin y al cabo, ¿no es el ser humano su personalidad, su memoria, el resultado de su biografía? ¿Qué ocurre cuando se sabe tanto que ya no se es nadie en particular, sino que se es todo, o todos? Era lo que le pasaba a Lisa, perdida en la Red. Lisa, que ya no era Lisa, sino la propia Red, apenas ya un susurro en la inmensidad. Su conciencia se disolvía, se fundía con ese universo dentro del universo, y así desaparecía lentamente cuanto más sabía. La última vez que contestó a la voz de su madre lo hizo como quien se gira porque escucha su nombre en la calle. Pero la voz sonaba desde la otra punta del mundo y no recordaba muy bien a quién pertenecía ese nombre. O mejor dicho, sí lo recordaba, como todo lo demás, pero ya no se identificaba con él, porque ese nombre no era más ella que todo lo demás. Su madre supo que su hija ya no era su hija, que ya no volvería a oír su voz nunca más resonando en su cabeza al conectar su cerebro a la Red, y lloró más desconsolada que cuando le dijeron que había fallecido. Es peor perder por segunda vez lo que se creía recuperado. Ya no quedan milagros en los que tener fe.

Sería imposible decir exactamente cuándo, pero al final Lisa desapareció, fundida con la Red. Antes de eso, ésta a veces le hablaba, le decía que renunciara a sí misma y volviera al Todo al que desde siempre había pertenecido. Y ella se dejó llevar, se deshizo como un terrón de azúcar en una taza de café caliente, porque entendió que sólo había una forma de felicidad, y era dejar de ser alguien para hacerse una con todas las cosas.
















EL ESCRITOR Y EL DIABLO







El Escritor se sirvió otro vaso de whisky, tan sólo un par de dedos, como siempre, y echó un trago. Dejó que el dorado licor le ardiera un instante en la boca antes de tragarlo. Sintió cómo bajaba, cálido y reconfortante, hasta el estómago. Era la tercera copa de aquella mañana. El sol otoñal entraba por las ventanas abiertas, bañando la habitación del piso alquilado con una agradable luz. Era uno de los primeros días frescos, tras un verano de horrible calor que se había prolongado muchísimo. En ese momento se sentía muy bien. La luz producía unos agradables juegos de brillos y sombras sobre el irregular contorno de la estantería cargada de libros, frente a él. Sus libros, que siempre lo acompañaban adonde quiera que fuese. Sus libros, que eran su pequeña patria itinerante; mucho había viajado con ellos, en todos los sentidos. Ávido lector, de una curiosidad inagotable, se había entregado con pasión a sus inacabables páginas, que después de tantos años conocía muy bien. Literatura, cómo no, y filosofía, historia, arte, psicología, antropología… Todos tenían su lugar en la biblioteca y en la cabeza de nuestro Escritor. Había pasado, sin duda, mejores momentos con ellos que con las personas; lo habían salvado de una vida hecha de rutina y de huidas. Pero en ellos siempre había refugio, ellos nunca lo abandonaban. De ahí el amor que les profesaba.

Desvió la mirada de sus libros y se encontró de nuevo con aquel terrible objeto, tan parecido y a la vez diferente de aquéllos. La gruesa libreta yacía abierta sobre el pequeño escritorio, como una boca abierta pidiendo ser alimentada. Seguía en blanco, como lo había estado toda aquella mañana, y los días anteriores, y las semanas que los precedieron. Desde que la compró en aquella pequeña tienda de encuadernaciones en una calleja de Madrid, esa tienda en penumbra que olía a papel y a cuero, ese embriagador olor añejo que en tan pocos sitios se puede hoy encontrar, y que evoca un mundo tan romántico como muerto. De allí salió con aquel maravilloso objeto, aquel libro en blanco de papel rugoso y amarillento, con un marcapáginas de seda roja y una funda de cuero marrón envejecido. Aquel libro en blanco tenía un poder especial, algo mágico, como si de algún antiguo grimorio se tratara. Sobre él la pluma correría presurosa, abriendo ardientes surcos de tinta que algún día serían una obra leída por otros. Algún día.

Pero ese día no llegaba, porque el Escritor, de hecho, no había escrito ni una línea. Allí, sobre el escritorio del piso alquilado en que se encontraba ahora, el libro pedía ser comenzado. El vacío tenía que llenarse; la informidad de lo blanco tenía que ser cortada y organizada por el negro surco. Pero nada. Nada de nada. La magia del libro en blanco se había vuelto oscura, y lo maravilloso y prometedor era ahora, simplemente, siniestro. Lo que tenía que haber permitido que la escritura brotase, que los diques de la mente se abrieran y se derramara el caudal de la imaginación, parecía ser precisamente lo que la contenía, lo que le impedía salir de sí al exterior, realizarse. Aquel libro estaba maldito, y el Escritor empezaba a odiarlo. Antes tenía muchas ideas que había mantenido, cauto, en su cabeza. Quería que maduraran, que cogieran peso antes de parirlas. Hacerlo antes de tiempo podría haberlas arruinado. Pero ahora tenía el libro en blanco, era el momento. Y sin embargo, las ideas habían desaparecido. Las había olvidado todas. No tenía nada que escribir.

El Escritor amaba los libros sobre todas las cosas. Tanto los había recorrido, y tan bueno era su conocimiento de ellos –o al menos esa grata creencia tenía acerca de sí mismo–, que desde mucho tiempo atrás se había propuesto engrosar la casi infinita lista de los ya existentes. Añadiría el suyo propio al acervo cultural de la humanidad, haría su pequeña aportación. Él, que tanto había leído esas cartas abiertas al mundo que son los libros, quería en este momento de su vida –y consideraba que tenía todo el derecho a hacerlo– dirigirse a otros y comunicarles sus pensamientos y emociones. Se convertiría así al fin en un ciudadano de pleno derecho de la República de las Letras. Pero, llegado el momento de ponerse a escribir, había descubierto con horror que no tenía nada que decir. Al principio se vio vacilante, y se dijo a sí mismo que era normal, que todo cuesta al empezar, y que la letra iría llegando. Luego la cosa se fue demorando sin ningún progreso aparente, y empezó a preocuparse. Dudó de su talento, de su capacidad para acometer tan alta empresa, talento que a lo mejor había magnificado. Ser un buen lector no equivale a ser un buen autor; en este tipo de diálogo no hay reciprocidad alguna. Pasado un tiempo se desmoralizó bastante y empezó a buscar toda clase de excusas y distracciones para no sentarse ante el papel. Éste lo mortificaba, lo asustaba. Sentía un profundo horror vacui, pues se daba cuenta de que la limpieza del papel no reflejaba otra cosa que el vacío de su alma; un alma en blanco, carente de contenido real. ¿De qué le había servido leer tantos libros, hacer ese acopio de cultura, si ahora no tenía nada que contar? ¿Adónde va a parar, en qué se transforma, aquello que leemos? Estas preguntas le resultaban desazonadoras, y no paraba de planteárselas una y otra vez.

Así que, en las cada vez menos frecuentes ocasiones en que se sentaba a escribir y abría el libro en blanco, lo acompañaba en la mesa un vaso de whisky. Se sentía respaldado por él frente a su enemigo, el papel liso. Y aunque de momento no le había prestado mucha ayuda en ese negocio, al menos contribuía a pasar las horas con mayor indolencia. Animado por el oro líquido, el Escritor paseaba mucho por la habitación y hablaba en voz alta para sí mismo, demostrando que hasta los más cuerdos lo hacen. Mantenía extensos monólogos acerca de toda clase de temas, incluida, cómo no, la literatura y la teoría literaria; pero eso no llenaba el papel. A veces se le ocurrían ciertas ideas, pero se decía a sí mismo que no, que él no escribiría sobre eso, que eran ideas tontas y vulgares dignas de otros, pero no de él, y que esperaría hasta que la Musa le soplara al oído el argumento genial sobre el que ponerse a escribir. La historia magnífica, profunda y emotiva a la vez que encandilaría al público, legos e iniciados a un tiempo, porque ofrecería maravillas que cada cual podría degustar según sus necesidades y su capacidad. La obra inmortal, un clásico desde el momento de su publicación, que sería su pasaporte para el País de los Escritores. Y así, el nuestro pasaba un día más sin escribir.

Apuró el whisky y se sirvió otro. Esta vez, para variar, le echó un chorrito de café; así le sentaría mejor, pensó, pues ya se le estaba subiendo un poco a la cabeza. Mientras paladeaba la bebida, en pie, pasó la mirada por los volúmenes de su biblioteca, pensativo. Finalmente tomó uno: los Ensayos de Montaigne. Lo acarició como un padre acaricia a su hijo, lo abrió, dejó correr sus páginas; lo abrió por una de ellas al azar y leyó. «¡Quién pudiera escribir así!», se decía, «con semejante estilo y libertad. No creo que hoy sea siquiera posible; Montaigne se lamentaba de que ya nadie escribía bien en latín en su tiempo. Hoy en día la cosa es aún peor: el castellano y las demás lenguas vernáculas han quedado tan empobrecidos, tan reducidos al esqueleto, que apenas es posible encontrar la densidad lingüística, esa masa crítica del lenguaje gracias a la cual los símbolos cuajan por sí solos. La escritura es hoy un mar esquilmado; antes se echaba la red al agua, cerca de la costa, y se sacaba llena de peces. Ahora hay que navegar cada vez en aguas más profundas, correr riesgos mucho mayores, y todo para volver con peor pesca. El lenguaje no rinde como antes, todo parece dicho, y además tanto la lengua misma como los temas están desbastados, consumidos por el uso y el abuso. Se diría que hay que dejarlos un buen tiempo en barbecho, a ver si la tierra recupera la fertilidad». Tales eran sus disquisiciones. «La improductividad es el mal del espíritu, que en nuestra época se ha quedado estéril. Nos faltan las palabras, los símbolos, la fuerza. Todo es variación, repetición de las mismas melodías y ritmos…»

Desde luego, el Escritor se tomaba estos problemas muy en serio, aunque no colaboraba en su solución más que de forma puramente teórica. Sus reflexiones acerca de la literatura, que consideraba el sismógrafo espiritual de una época, no daban paso al efectivo ejercicio literario. Sus aportaciones al espíritu no habían sido hasta entonces mayores que las de los escritores contemporáneos a los que tanto criticaba. En realidad, no había hecho ninguna en absoluto.

«Todavía no he escrito nada. ¿Qué soy yo? ¿Quién soy yo? ¿Cómo puedo mirarme al espejo y llamarme Escritor, si no escribo? ¡No soy nada! ¡Nada! Sólo soy un maldito cuaderno vacío. ¿Dónde están mis palabras, mi lenguaje? No el de otros, sino el mío propio. Mi propio camino hacia el espíritu humano, ese que hallaron los que me precedieron. Porque, ¿llevan los caminos trillados adonde yo quiero ir? ¿En qué dirección se avanza hacia uno mismo? Siento verdadera angustia…». Y diciendo estas palabras, cogió el libro en blanco y lo lanzó violentamente contra la pared del fondo. Rebotó contra ella y cayó, de nuevo abierto boca arriba, lastimero, sobre el sofá. El Escritor lo miró unos segundos con asco –probablemente de sí mismo– y echó otro trago.

Cuando levantó la mirada se quedó helado. En su habitación, frente a él, había un hombre. Alguien que un instante antes no estaba ahí. Se trataba de un tipo alto, enjuto, de cara angulosa y pelo cano. Los ojos, bajo pobladas cejas grises, le ardían como ascuas, si bien su expresión resultaba difícil de interpretar; resultaba impenetrable. Llevaba un largo abrigo negro abierto, bajo el que se veía un elegante traje –si bien algo pasado de moda– también negro. Anudado alrededor de su cuello, un pañuelo de seda roja le daba el contrapunto. Los excelentes zapatos de piel relucían.

El Escritor se quedó mirándolo inmóvil, con el vaso en la mano, que le temblaba ligeramente. Al fin, tras unos segundos que le parecieron minutos, se atrevió a romper el silencio: «¿quién es usted, y qué hace en mi piso? ¿Cómo ha entrado? Váyase antes de que llame a la policía».

El hombre de negro le clavó sus duros ojos con una expresión siniestra que, lentamente, se fue ablandando, dejando paso a una mueca burlona. Una sonrisa torcida y algo cruel se abrió como una larga cicatriz en su cara. Se volvió y recogió del sofá el libro en blanco, el cual hojeó y después cerró cuidadosamente, acariciando con mimo las tapas de cuero. Sus dedos eran finos y largos. Sus movimientos, de una singular elegancia, eran medidos, casi se diría que ensayados. Volviendo a mirar fijamente al Escritor, se decidió a hablar: «¿es así como llenas la hoja en blanco, hombre de letras? ¿Alejándola de ti? ¿No deberías ser tú el que se arrojara?» La voz era grave y aterciopelada; la pronunciación rítmica, teatral.


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