Excerpt for Balleneros y Corsarios by , available in its entirety at Smashwords

This page may contain adult content. If you are under age 18, or you arrived by accident, please do not read further.

Balleneros y Corsarios

Edgardo Mackay


Smashwords Edition

Copyright © Edgardo Mackay, 2017

Primera edición electrónica, 2017

No se permite la reproducción total o parcial de este libro ni el almacenamiento en un sistema informático, ni la transmisión de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico, mecánico, fotocopia, registro u otros medios sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Ilustración de la portada: Temporal en Valparaíso antiguo. Cedida por Gabriel Escalante,Viña del Mar (Chile). Galería de arte: www.galeriaelescalante.cl

Diseño cubierta: Sofía Alonso


A Rosemary, Carolina, Joanna,Tracy, Leslie, Karen, Javier,Victoria, Sofía y Diego, con todo mi amor.


A la memoria de los marinos británicos, chilenos, españoles y estadounidenses, que cubrieron de gloria estas aguas del Mar de Chile.


«Necesitamos acontecimientos que nos traigan sorpresas, novedades y emociones. Necesitamos la belleza y la fascinación de lo inesperado. La rutina o la repetición de cualquier cosa, por agradable que sea, conduce irremediablemente a la pérdida de interés.»

(Leyenda en la puerta de un convento en Palma de Mallorca)


«There is a tide in the affairs of men,Which, taken at the flood, leads on to fortune.»

William Shakespeare («Julius Caesar»,Act 4, Scene 3)

Índice


Nota preliminar


Balleneros

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI



Corsarios

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV


Epílogo

Nota histórica


Notas

Nota preliminar



Un primer libro se debe a muchos autores y a innumerables otros libros. Nombrarlos a todos en esta introducción sería una tarea dificilísima, pero hay algunos que simplemente no pueden dejar de mencionarse por la tremenda influencia que tuvieron en este trabajo. Los autores que se detallan a continuación incluyen tanto a serios cronistas como a una buena cantidad de escritores de obras de ficción, pero todos ellos tienen en común el haber dejado una huella indeleble en la memoria y el alma de este novel autor.

En un primer grupo, quiero destacar a los historiadores, que con sus escritos prueban, una vez más, que los hechos puros, sin adornos de ninguna especie, sobrepasan con mucho al más imaginativo de los autores de ficción. En este campo, el aporte de don Francisco A. Encina, con su monumental Historia de Chile, es cabal, como asimismo el del comandante Rodrigo Fuenzalida, con su magnífica La Armada de Chile. Siguiéndoles muy de cerca, debo incluir a Mateo Martinic y la Crónica de las Tierras del Sur, a Anthony Price, con The Eyes of the Fleet; a Félix Riesenberg, con Cape Horn, y a Claudio Véliz con la Historia de la Marina Mercante de Chile.

En un segundo grupo, es preciso mencionar a los viajeros extranjeros, algunos de ellos no sólo ocasionales testigos de un Chile ya perdido en el pasado sino que también fueron protagonistas directos de momentos vitales en nuestro nacimiento como nación. Los testimonios e impresiones que estos hombres y mujeres dejaron estampados en sus diarios y cartas han contribuido de manera importante a ilustrar las descripciones que en este libro se dan de Valparaíso y Santiago, del camino y los poblados que enlazaban ambas ciudades, de las construcciones, casas y edificios,de las comidas y diversiones, y — en general—, de la forma de vida de los chilenos de los tiempos de la Independencia. Entre estos destacan, por sus páginas memorables, los diarios de Lady María Graham, de Mr. Samuel Haigh, del capitán Richard Longeville Vowell y del canónigo Giovanni María Mastai Ferreti, quien luego fuera el Papa Pío IX. Mención especial le corresponde al comandante David Porter, cuyo Journal of a Cruise sobre las correrías de su fragata Essex en el Pacífico Sur constituyó una apasionante fuente de información.

Los diarios de marinos de la talla de los capitanes William Barron —sobre la vida a bordo de un ballenero británico del siglo XIX—, y James Cook reportando sus tres formidables viajes de exploración por los Mares del Sur—, pueden perfectamente unirse en un tercer grupo junto a las crónicas de nuestros grandes, y muchas veces injustamente olvidados, Enrique Bunster y Benjamín Subercaseaux, ambas ricas en detalles históricos y deliciosa ambientación.

Por último, los novelistas. Aquellos que sembraron en el autor el deseo de emularlos, creando una novela histórica con personalidad propia y que se desarrollara en este Mar de Chile, el que «promete un futuro esplendor» y al que tan seguido damos la espalda olvidando que nuestro origen, desarrollo y destino ha estado y estará para siempre ligado a él. Entre estos es imposible ignorar a Bernard Cornwell, a Thomas B. Costain, a Sir Arthur Conan Doyle —a quien me permití la licencia de «robarle» una idea para la historia del Dr. Kelley—, al incomparable Cecil Scott Forester, a William Martin, a Charles Nordhoff y James N. Hall, y al más grande de todos los que alguna vez escribieron sobre aquella marina heroica de los tiempos de Horatio Nelson y Thomas Cochrane: el señor Patrick O’Brian. A todos ellos les debo no sólo mi admiración sino infinitas horas de deleite, y si alguna vez se me acusa de haber intentado imitarlos con este relato, tendré que agradecer humilde y sinceramente el ser merecedor de tan honrosa comparación.

E. Mackay

Santiago, octubre de 2001.


El autor quisiera expresar sus más sinceros agradecimientos a las siguientes personas:

Al Dr. Pedro Advis, por proporcionarme importantes antecedentes respecto de William Walker Mackay y su descendencia en Chile. A las señoras Pilar y Palmenia Romeu, mis adorables y desinteresadas editoras. Al Sr. Pablo Zendrera, por creer en este trabajo.

A todos ellos, muchísimas gracias.

Balleneros

Capítulo I


1


¡Atentos ahora, muchachos! ¡Preparados! —advirtió Mackay a sus remeros—. ¡En cualquier momento puede volver a aparecer esa bestia!

A pesar de la calma del mar y de que la cuerda unida al arpón ensartado en la ballena parecía floja, Mackay no tenía ninguna duda de que en el momento menos pensado ésta afloraría y se iniciaría la veloz carrera a remolque del desesperado y herido animal.Ya habían logrado clavarle tres arpones, y por lo menos uno de ellos se había ensartado profundamente en el lomo de la ballena.

—¡Ahí está! ¡Atención ahora!

La ballena apareció a unos quince metros de la chalupa e inició su carrera tirando de la embarcación a increíble velocidad, por lo que pronto la cuerda empezó a humear con el roce y se vieron obligados a rociarla constantemente con agua de mar.

Del lomo del animal, junto con el chorro de vapor, empezó a brotar hacia el cielo abundante sangre, hasta que ya no fue vapor sino sólo sangre lo que caía sobre el agua, y en pocos minutos toda la tripulación de la chalupa quedó manchada de rojo, con una apariencia grotesca y espeluznante.

Poco a poco, la velocidad de la ballena empezó a disminuir, indicando que el fin se aproximaba, lo que permitió que la chalupa de Williams se acercase al animal y que pudieran clavarle detrás de la aleta dorsal las terribles lanzas, con sus largas hojas de acero de un metro de longitud, hasta que el cetáceo quedó flotando inerte, dando opción a que los remeros posaran los remos en el agua para acercársele e iniciar el proceso de amarrarlo para remolcarlo hasta el buque.

Mackay recorrió el mar con la mirada, tratando de investigar cómo les había ido a las otras chalupas.Vio cómo la de Phillips, volviendo sin ninguna presa, se acercaba a las de Johnson y Clayton para ayudarles a rematar a su ballena, cuyos terribles coletazos amenazaban con volcar las embarcaciones en un mar rojo de sangre, y cómo las de Thomas y McPherson arrastraban ya otro cetáceo hacia el buque, que se veía maniobrar en la distancia para acercarse a los botes.

«No estuvo tan mal», se dijo. «Tres ballenas con las siete chalupas. ¿Qué le habrá pasado a Phillips para que perdiera su presa?»

Una vez al costado de la ballena muerta para iniciar el amarre y el posterior traslado al buque —que aumentaba de tamaño a medida que se aproximaba al lugar de la cacería—, Mackay trató de encender su apagada y muy mojada pipa, la que había mantenido en la boca, fuertemente sujeta entre los dientes durante toda la faena, pero el viento estaba aumentando en intensidad, encrespando el mar, y no logró llegar con la llama hasta el tabaco. Desistiendo finalmente, se miró las manos, completamente ensangrentadas,como su gruesa ropa de marino, su gorra, las bancadas del bote y los marineros. Se pasó la mano por la cara y sintió sus cejas y patillas igualmente pegajosas por la sangre de la ballena.

«¡Qué porquería de trabajo! ¡Tiene que haber otra manera más limpia de ganarse la vida!»

De pronto se sintió cansado. El crucero se alargaba — llevaban cinco meses de viaje y se esperaban por lo menos otros nueve—, lleno de problemas y accidentes desde el principio, que hasta le habían costado la vida a tres hombres. El constante mal tiempo —incluida una seria tormenta mientras cruzaban el Atlántico—, la terrible travesía del cabo de Hornos y luego la eterna y persistente lluvia una vez en el Pacífico no contribuían mucho a mejorar su ánimo, de por sí deteriorado por algunas desavenencias durante la navegación con el nuevo capitán, aunque en su interior —y muy a su pesar— debía reconocer que estas últimas se debían más que nada a las frustradas esperanzas que se había forjado de que le concedieran a él el mando del ballenero Lady Cheryl, en lugar de al finalmente designado Mr. Cooper.

La caza, a pesar de todo, no había estado tan mal y no habían encontrado mucha competencia, probablemente por el temor de otros balleneros de verse involuntariamente involucrados en el conflicto que parecía propagarse ya por toda América del Sur contra la dominación española. Ello a pesar de que no parecía que este conflicto pudiera extenderse también al océano, ya que los rebeldes argentinos o chilenos indudablemente no tenían una flota que pudiera enfrentarse a los españoles.

«Quien domina el mar, gana la guerra; alguien debería de enseñárselo a estos rebeldes», se dijo Mackay.

La faena de amarre de la ballena había finalizado ya, y Mackay dio la orden de empezar a remar hacia el buque. El mar se estaba encrespando cada vez más y no quería tener que sufrir otra vez la complicada tarea de faenar al animal con mal tiempo, ya que de ser así podrían verse obligados a abandonar la presa por seguridad.

—¡Vamos, muchachos! ¡Un último esfuerzo antes de que se nos eche el mal tiempo encima!

Lo de último esfuerzo era en realidad una ilusión, porque todavía quedaba la parte, si no más riesgosa, sí más desagradable de toda la cacería: el faenamiento de los animales para obtener la grasa que, depositada en las bodegas de la nave y convertida en aceite, constituía la razón de estos cruceros.

Con estas tres ballenas completaban siete animales faenados, casi ochenta y cinco toneladas, número todavía lejano de las ciento sesenta que el buque podía recibir, y que implicaba cazar por lo menos seis ballenas más antes de volver a Hull. Con el precio actual del aceite rondando las treinta y dos libras esterlinas por tonelada, más el valor de los huesos y las barbas —estas últimas cotizadas aproximadamente a ochenta y cinco libras esterlinas la tonelada—, al crucero le faltaba mucho todavía para ser atractivo, y ello a pesar de que el aceite obtenido de las ballenas azules propias de aquellas latitudes se cotizaba a un mayor precio que el obtenido de las de Groenlandia, aun cuando estas últimas eran más ricas en barbas que sus congéneres de los mares del sur.

Desde el comienzo, Mackay no había entendido las razones por las que el ballenero Lady Cheryl había sido asignado en aquella ocasión al Pacífico en lugar de a sus acostumbrados cotos de caza del Ártico, donde siempre existía la posibilidad de encontrar abundantes focas además de haber una enorme concentración de ballenas (y encima ricas en barbas de atractivo precio).También, por supuesto, había mucha más competencia, pero rara vez se daba el caso de que la caza no fuera suficiente para todos. No es que Mackay extrañara precisamente los helados parajes de los Davis Straits y el riesgo constante de chocar con los enormes icebergs o de quedar atrapados en el hielo, como ya le había ocurrido dos veces en esta misma querida Lady Cheryl. Ésta, gracias a la especial conformación de su casco, no se partía bajo la presión (una de las principales causas de la pérdida de balleneros en esas heladas regiones), sino que el hielo, al cerrarse, la empujaba hacia arriba, quedando «sentada» sobre su casco y sin daños en su estructura, hasta que la marinería lograba romper la trampa y volver a ponerla a flote. Esa era la principal razón por la que Mackay no quería por ningún motivo dejar ese buque, que ya conocía como la palma de su mano y que los había salvado de percances que en cualquier otra nave hubiesen sido fatales.

Era la barca ballenera Lady Cheryl una hermosa nave de 296 toneladas de registro, construida en 1768 en Filadelfia para servir de mercante, y que fue armada como privateer bajo la bandera norteamericana durante la guerra de independencia de ese país, teniendo la mala fortuna de ser capturada por una fragata británica recién iniciadas sus correrías. Llevada a Inglaterra, fue dedicada al transporte de vinos entre Portugal y las Islas Británicas, y no pocas veces tuvo que hacer uso de sus cualidades marineras para escapar de la persecución de los buques de la marina francesa durante las guerras napoleónicas. Vendida posteriormente a armadores balleneros de Hull, se le hicieron refuerzos y modificaciones para adaptar su casco a los peligros del helado Círculo Polar Ártico pero manteniendo la conformación del mismo, lo que resultó providencial en las oportunidades en que quedó atrapada por el hielo. Durante la guerra angloamericana de 1812, en dos ocasiones estuvo a punto de volver a navegar bajo bandera norteamericana, pero su antiguo capitán Rodgers —el predecesor del capitán Cooper, y que a la fecha descansaba para siempre bajo el hielo de una de las islas Vrow, cerca de Upernavik— logró reiteradas veces frustrar las intenciones de los estadounidenses.

Después de la trágica muerte de Rodgers, Mackay fue el encargado de llevar el buque a Hull y, ya que era uno de los más experimentados y antiguos balleneros de la empresa, abrigó la esperanza de que se le confirmara definitivamente como capitán del mismo. Sin embargo, Mr. Longstreet, uno de los propietarios, le dijo que no era todavía la ocasión para ello, que se había decidido por Cooper para el próximo crucero y que a la vuelta del viaje se estudiaría el camino a seguir. Para Mackay tan sólo era una excusa para postergar su nombramiento una vez más, quizás para siempre.Y, además, aunque finalmente le dieran el mando de una nave, ésta no iba a ser la Lady Cheryl, y no le hacía muy feliz pensar en los riesgos del Ártico a bordo de un barco del que no sabía qué podía esperar. Para colmo de males, el buque fue asignado al Pacífico Sur —escenario de variados conflictos bélicos—, donde, tres años atrás, frente al puerto de Valparaíso, naves norteamericanas y británicas se habían enfrentado en un combate que dejó un trágico saldo de bajas.

La batalla en cuestión tuvo lugar en marzo de 1814. En ella participaron por un lado la fragata norteamericana Essex y por otro la corbeta Cherub y la fragata Phoebe de la Royal Navy, y Mackay conocía íntimamente el caso por razones tanto profesionales como personales.

La Essex, al mando del comodoro David Porter, había estado operando a lo largo de la costa chilena desde comienzos de 1813, logrando capturar al cabo de un año de correrías no menos de doce balleneros británicos, por los que había obtenido un grueso botín tanto por su carga como por las naves. Estas cuantiosas e inaceptables pérdidas hicieron que el almirantazgo de su graciosa majestad británica decidiera enviar al Pacífico una fuerza naval, comandada por el comodoro Charles James F. Hillyar y compuesta por las dos naves ya nombradas más el bergantín Raccoon, para proceder a dar el escarmiento correspondiente a la insolencia norteamericana.

A bordo de la Phoebe, embarcado como guardiamarina de primera clase, figuraba Mr. Colin R. Kerr, de diecinueve años, hermano de la primorosa Catherine Eileen Kerr, a quien William Mackay pretendía hacer su esposa a fines de ese año, al término de su próximo crucero al Ártico.

La flotilla británica llegó a Valparaíso el 8 de febrero de 1814 y fondeó precisamente al lado de la Essex, que había arribado tan sólo cinco días antes al puerto. Porter, ansioso de gloria, había navegado a Valparaíso buscando el enfrentamiento, esperando que éste se llevara a cabo mediante una suerte de duelo caballeroso, limpiamente y fragata contra fragata. Sin embargo, Hillyar, más práctico, prefirió simplemente bloquear la salida del puerto, dejando a los norteamericanos atrapados, y sentarse tranquilamente a esperar su oportunidad. En ese punto, Porter comprendió que no tenía ninguna posibilidad de éxito en un combate con tal desproporción de fuerzas, por lo que, tomando ventaja de la neutralidad chilena, decidió quedarse en el puerto esperando la primera oportunidad que se le ofreciera para escabullirse a mar abierto, rehuyendo así una batalla en la que llevaba todas las de perder. Hillyar, por su parte, mantenía alerta máxima en sus naves para evitar que se les escapara la presa.

Los chilenos no dejaban de disfrutar con esta singular situación que les permitía observar cómo dos naciones, a la sazón en guerra, mantenían una incómoda cercanía sin opción a atacarse despiadadamente por respeto a la neutralidad de un país que también estaba en esos momentos involucrado en una guerra; en ésta, sin embargo, rara vez se podían observar tales reglas de cortesía militar en consideración a la categoría de «insurgentes» que los españoles otorgaban a los patriotas chilenos, lo que sólo se tradujo en convertir ese conflicto en una guerra sin cuartel.

El mismo gobernador de Valparaíso, el señor Francisco de la Lastra, haciendo gala de un gran sentido del humor, no quiso desaprovechar la oportunidad que esta curiosa situación le ofrecía y comenzó a organizar asiduas reuniones sociales en su casa, invitando a los comandantes y oficiales de ambas armadas, para disfrutar de los elegantes enfrentamientos verbales, llenos de sutiles ironías pero siempre envueltos en una fina cortesía, que se entablaban en ellas.

En este especial ambiente se dieron toda clase de situaciones curiosas, tales como jóvenes oficiales norteamericanos e ingleses disputándose los favores de la misma bella y coqueta señorita chilena; marineros escoceses de los buques británicos y sus pares norteamericanos de ascendencia escocesa cantando a coro desde sus respectivas naves las lánguidas y ya populares canciones de las Highlands del poeta Robert Burns; y hasta partidas de ajedrez entre el guardiamarina Kerr y el médico de la Essex,Mr. Richard K. Hoffman, que casi terminaron en una ocasión en un duelo con nominación de padrinos y todo el procedimiento regular.

Sin embargo, era obvio que esta singular tregua no podía durar mucho, y desafortunadamente terminó de manera trágica: el 28 de marzo un fuerte temporal de viento hizo que la Essex cortara amarras, por lo que el capitán Porter —ya preparado desde la noche anterior para esto, y sin mayores alternativas que jugarse el todo por el todo—, abandonó su ancla y trató de alcanzar mar abierto desplegando todas sus velas aun a riesgo de perderlas. Desgraciadamente, ello fue precisamente lo que ocurrió, puesto que frente a Punta Gruesa una ráfaga le echó abajo el mastelero del palo mayor, arrastrando de paso al agua a algunos tripulantes que estaban todavía comprometidos en las faenas de velamen.

Con ello, Porter se dio cuenta de que la huida era imposible y de que su única opción era intentar nuevamente ampararse en la neutralidad del puerto a la espera de otra ocasión. Pero la Phoebe y la Cherub, que habían salido en su persecución, estaban demasiado cerca para poder lograr tal maniobra. El pueblo de Valparaíso, desde el gobernador hasta el último y más humilde de sus ciudadanos, comprendieron que esta vez no había escapatoria, y se ubicaron en los cerros y lugares altos de la ciudad para presenciar el drama que se avecinaba.

La Cherub maniobró para ponerse a estribor y por la proa de la Essex mientras la Phoebe viraba para mantenerse a popa.

Comprendiendo Porter que esta vez no habría respeto a la neutralidad chilena y que iba a quedar entre dos fuegos, trató también de maniobrar para salirse del cepo, mientras respondía simultáneamente el fuego de ambas naves con sus carronadas y cañones. Sus descargas, bastante efectivas, comenzaron a causar daño a los buques ingleses. Uno de sus disparos contra la Phoebe —efectuado muy corto y casi paralelo al agua— rebotó en la superficie del mar y, cruzando de banda a banda la cubierta de cañones, mató instantánea y limpiamente al joven guardiamarina Colin R. Kerr, futuro cuñado del oficial ballenero William W. Mackay.

Los buques ingleses, aumentando la distancia y amparados en el mayor alcance de sus cañones,continuaron el ataque cogiendo a la Essex en un infierno de artillería por ambas bandas, que muy pronto dejó su cubierta bañada en sangre y tapizada de cadáveres. Los norteamericanos, con el buque prácticamente desmantelado e inmóvil sobre las aguas, se batieron con su acostumbrada bravura, disparando constantemente sobre dos blancos que sí gozaban de gran movilidad y que lo cañoneaban sin misericordia desde una protectora distancia.Aun así, la Essex logró cobrar su cuota de víctimas entre los buques británicos, ocasionándoles severos daños, pero al cabo de dos horas de furioso y desigual combate,con su nave ardiendo y comenzando a hacer agua por todos lados, cubierta de heridos y muertos, Porter tuvo que aceptar la porfiada realidad y consintió en rendirse.

La Essex recibió más de seiscientos cañonazos en dos horas de batalla y 89 de sus 255 tripulantes perdieron la vida en el enfrentamiento; algunos de ellos prefiriendo saltar al mar a rendir su espada al enemigo. Por lo menos cuarenta tripulantes se salvaron alcanzando la playa a nado, donde fueron recogidos por los pobladores de Valparaíso, impactados y estremecidos por el heroico espectáculo que acababan de presenciar. El número de heridos ascendía a sesenta y cinco, de los cuales más de la mitad eran de extrema gravedad, por lo que algunos de ellos perecieron posteriormente como consecuencia de sus heridas.

Esta acción, que Mackay conoció bastante más tarde, primero por los relatos de los tripulantes de los balleneros de Hull capturados por la Essex, y luego cuando la noticia de la muerte del joven Kerr en el combate llegó a su patria, cambió definitiva y radicalmente el curso de su vida: la dulce Catherine, destruida por el dolor y el sufrimiento causado por la pérdida de su adorado hermanito, con el que desde pequeña había mantenido una profunda y entrañable unión, decidió que no podía consagrar su vida a la constante incertidumbre que implicaba casarse con un marino —profesión que ya había cobrado demasiadas víctimas en su familia y que esta vez la golpeaba directamente— y rompió el compromiso. Posteriormente, y ya transcurrido un año de estos sucesos, la primorosa Miss Kerr desposó a un joven factor de comercio oriundo de Liverpool, que por las características de su profesión al menos no corría el riesgo de convertirla en viuda siendo tragado por el océano en algún lugar remoto al otro lado del mundo.

Mackay acusó fuertemente el impacto, que le quitaba la única posibilidad y esperanza que veía de crear un lugar donde llegar después de sus largas travesías y de iniciar una familia, y se empeñó con todas sus fuerzas en quitarse de la mente el recuerdo de la dulce muchacha, que en lo que llevaba corrido de su vida había sido la única capaz de hacer brotar en su alma una añoranza por algo más que el inmenso océano y el limitado espacio de su buque.

Inmediatamente después de estos hechos se embarcó en la expedición a los Davis Straits, donde el Lady Cheryl perdió a su querido capitán Rodgers, y Mackay recibió el segundo golpe en un corto período de tiempo, cuando se le negó el comando del ballenero.Y ahora, muy a su pesar, se encontraba navegando en las mismas aguas donde se iniciaron los sucesos que desencadenaron tantos cambios radicales en su vida: el mar chileno.

Sin embargo, todo eso ya pertenecía al pasado y ahora había que concentrarse en el presente.Y el presente era un tiempo amenazante y siete chalupas remolcando trabajosamente tres ballenas muertas al costado del buque, para iniciar con la mayor premura la pesada tarea de faenarlas a fin de obtener la grasa que se convertiría en el aceite que iluminaría las calles y casas de Inglaterra, además de las barbas y los preciados huesos.

—¿Qué pasó con su ballena, Mr. Phillips? —preguntó Mackay cuando hubo distancia suficiente para poder mantener una conversación con las otras embarcaciones.

—La cuerda se enredó cuando la ballena se sumergió y hubo que cortarla para que no nos arrastrara al fondo. Por poco no volcamos con el tirón, pero la muy condenada vagará ahora por el resto de su vida con mi mejor arpón ensartado en su lomo.

—Así será, pero nosotros perdimos junto con su arpón y un buen cabo de cuerda la oportunidad de completar unas cien toneladas de carga que necesitamos para terminar este condenado viaje.

—Puede ser —replicó Phillips algo picado—, pero prefiero conservar mi vida que entregarle quince toneladas adicionales de aceite de ballena a los propietarios en Hull.

La respuesta obtuvo un coro de risas en los botes, menos en el de Phillips, por supuesto, todavía con el recuerdo del peligro inminente en que estuvieron sus vidas.

Ya estaban al costado del Lady Cheryl y el capitán Cooper se acercó a la borda a recibirlos.

—¡Buen trabajo, caballeros! ¿Qué le pasó a su ballena, Mr. Phillips?

Nuevas risas recibieron esta consulta del capitán, quien indudablemente no había sido testigo del diálogo anterior. Phillips optó por fingir que no había escuchado la pregunta, y puso toda su atención en la operación de acoderar al buque la presa lograda por Johnson y Clayton.

Toda la tripulación que había permanecido a bordo entró inmediatamente en acción en el trabajo de extraer la grasa y los huesos de las ballenas capturadas, ya que nadie quería que el mal tiempo se les viniera encima en mitad de esta operación y con los botes aún en el agua. Los remeros, a pesar del agotamiento causado por el arrastre de los animales, también participaban de la actividad general, ya que sabían que disfrutarían mejor de su descanso si lograban terminar esta faena antes de que iniciara el temporal que amenazaba con desencadenarse en cualquier momento.

Con la rapidez que da la experiencia, la ballena más grande fue colocada bajo la popa para subirla a bordo enganchada por la aleta dorsal. Mientras un hombre efectuaba un profundo corte por encima de la aleta, separando la grasa ubicada bajo la piel, otro procedió a pasarle por debajo un cabo unido a un motón sujeto a la cofa del mayor.Al mismo tiempo, otros dos marineros se encaramaron en la cabeza del animal y comenzaron a cortar en la grasa una faja en espiral de unos tres pies de ancho, que tirada mediante el motón comenzó a izar la ballena a bordo al mismo tiempo que la inclinaba, facilitando así la operación de separación de la capa de grasa que alcanzaba casi un pie de grosor. Ya en cubierta, una cuadrilla empezó a cortar la grasa, echándola en un enorme caldero ubicado en una fragua en la mitad del buque, para derretirla y convertirla en aceite. Una vez obtenida toda la grasa, uno de los balleneros más expertos comenzó a trabajar en la cabeza del cetáceo, abriéndola limpiamente para sacarle la esperma e introducirla en barriles antes de que el aire la solidificara.

Las ballenas más pequeñas, en tanto, fueron acoderadas a la otra banda de la nave para que pudieran separarles con cortes eficientes y precisos la parte delantera y la parte superior de la cabeza, y posteriormente subirlas a bordo para extraerles la grasa y arrojarla también al caldero.

Comenzaba a oscurecer cuando completaron la faena, izados ya los botes, y el capitán ordenó poner proa al norte. El mar se había encrespado bastante, complicando la operación al final, pero aparentemente no iban a pasar tan mala noche después de todo, ya que el anunciado temporal terminó a la postre convirtiéndose sólo en una lluvia intensa que caía torrencialmente sobre un mar picado, que nada más contribuyó a dificultar sobremanera la preparación y distribución de la bien merecida cena de la tripulación.

Mackay no tenía hambre, pero sí moría por lavarse y sacarse la ensangrentada y húmeda ropa y por un trago de whisky, el néctar de Escocia, que, a pesar de las regulaciones impuestas por Cooper en el buque, siempre se las arreglaba para tener disponible en su cámara. Ello no implicaba que fuera un gran bebedor —por lo general, un par de botellas le duraban justo el tiempo de una travesía al Ártico, es decir, seis o siete meses—, pero especialmente en noches como aquélla, cansado, mojado y luego de una ardua jornada, no podía aspirar a mayor premio.

En vista de ello, se sirvió dos dedos de la bebida en su jarro de peltre, brindó con su reflejo ante el espejo y se lo mandó al coleto de un solo trago.



2


El alba encontró al Lady Cheryl navegando en una mar gruesa, sin haber pasado una mala noche y con una tripulación con el ánimo dividido respecto del destino que les esperaba. Algunos opinaban que sería mucho mejor mantenerse en aquellas aguas, donde estaba probado que había caza, tratando de acercarse a las codiciadas ciento sesenta toneladas y al mismo tiempo más cerca de un eventual regreso a Inglaterra, que arriesgarse yendo al norte a puertos que no sabían en poder de quién estaban a la fecha, porque las últimas noticias que habían alcanzado a la nave —bastante añejas ya— indicaban que las tropas rebeldes habían sufrido una feroz derrota a fines de 1814 y que el país había sido nuevamente recobrado para la corona de España. Pero eso había ocurrido casi tres años atrás, y la situación podría ser diferente a aquellas alturas. Como fuera, todo ello no tendría por qué afectar una eventual ida del Lady Cheryl al norte —objetaban los otros—, ya que el gobierno de su graciosa majestad británica se las había arreglado para mantener las mejores relaciones con ambos bandos, además de que todos echaban de menos una buena noche de jarana en puerto, y algunos tripulantes, por experiencias pasadas, ya sabían lo que podían esperar de fondeaderos como Talcahuano y Valparaíso.

A Mackay le daba más o menos lo mismo una cosa que la otra. El crucero al Pacífico nunca lo había convencido; prefería sus cotos habituales del Ártico, con sus esquimales, sus osos polares y su sol de veinticuatro horas, que aquel viaje al otro lado del mundo. Pero, pensándolo bien, concluyó que no sería una mala idea una recalada en algún puerto del litoral que podría ayudar a borrar las malas impresiones que desde el inicio del viaje todos tenían aún en la mente, con un tripulante muerto por enfermedad sin que el médico aparentemente supiera ni siquiera qué había causado el deceso (aunque se cuidó mucho de reconocerlo), y luego otros dos fallecidos trágicamente en la segunda operación de caza que enfrentó el ballenero.

Todavía podía recordar ese fatal suceso ocurrido en las heladas aguas australes, cuando una ballena con el lomo poblado de arpones, lanzas y una verdadera madeja de cuerdas entrecruzadas, como el monstruoso alfiletero de un gigantesco sastre, daba feroces coletazos mientras expelía un enorme geiser de sangre empapando a todos con el rojo y vital fluido. La totalidad de las chalupas estaban concentradas en este cetáceo de gran tamaño cuando uno de sus golpes con la cola dio de lleno a la embarcación de Mr. Clayton, la volcó y mató en el acto a un arponero irlandés que recibió directamente el impacto. Los otros botes rescataron de inmediato a los tripulantes del agua — algunos ya medio congelados—, pero un marinero de apellido Gordon simplemente desapareció en el enrojecido océano sin dejar rastro.

El acontecimiento había causado una viva impresión en la tripulación, que todavía tenía frescas en la mente la pérdida de su antiguo capitán en la expedición anterior y la del tripulante que enfermó casi recién salidos de Inglaterra, y todos vieron como un muy mal presagio estas bajas tan tempranas. Ello hizo que los ánimos no estuvieran muy altos por un prolongado período, hasta que la buena caza obtenida y el hecho de que no se presentaran otros accidentes empezaron a cambiar la cara de la gente. El percance ocurrido el día anterior a la chalupa de Mr. Phillips podría haber alterado de nuevo el ambiente si hubiese pasado a mayores: de ahí las risas nerviosas que acompañaron el intercambio entre Mackay y Phillips.

De súbito, el grito de «¡Velas al norte!» sacó a Mackay violentamente de su ensimismamiento y le hizo correr a cubierta para examinar el navío avistado. La tripulación concurrió también en masa para enterarse de qué pasaba, y pronto pudo apreciarse que no era un solo buque el que se avistaba en el horizonte sino que eran tres las naves, que examinadas con el catalejo mostraron claramente el pabellón real español y sus portas colmadas de cañones. ¡Un convoy de buques de guerra!

Los buques españoles se desplegaron en posición de combate y enfilaron rumbo al Lady Cheryl, lo que hizo que Mackay mirara nerviosamente a popa, donde flameaba al viento el pabellón inglés, sólo para asegurarse de que seguía claramente distinguible en su acostumbrado lugar.

—¡Que todo el mundo esté visible! —gritó el capitán Cooper—. ¡No podemos arriesgarnos a que nos crean un corsario! ¿Hay alguien a bordo que hable español?

Nadie hablaba español. Sólo quedaba maniobrar el ballenero de tal modo que los españoles advirtieran que no había ninguna intención de huir o de presentar combate.Tras tensos momentos, la flotilla estaba lo suficientemente cerca como para examinarla con mayor atención.

Se trataba de una fragata de treinta y dos cañones y de dos bergantines de dieciocho cañones cada uno, y todos los tripulantes del Lady Cheryl pudieron observar que los navíos españoles estaban en pie de guerra y preparados para disparar a la menor señal.

—¡Ah del barco! —se oyó claramente gritar con una bocina a un oficial de la fragata. —¡Identifíquense e indiquen destino!

Aun sin entender castellano el mensaje estaba claro, por lo que Cooper inmediatamente contestó, usando también su bocina.

We are the British whaler Lady Cheryl from Hull! [1]

Por la cercanía que habían alcanzado los buques, era bastante difícil que los españoles no identificaran la barca como un ballenero —bordas manchadas de sangre y grasa, la forma de las chalupas, las trazas de los tripulantes y las decenas de arpones que se distinguían claramente eran pruebas más que suficientes—, pero obviamente debían haber tenido algunas malas experiencias porque los aprestos guerreros de los hispanos no disminuyeron ni un ápice.

—¡Les encomiamos a que informen de su destino o abriremos fuego!

We are the Lady Cheryl from Hull, and we do not understand Spanish! [2]

This is Lieutenant José Hermenegildo Obregón and I demand your full name and destination! [3] —surgió esta vez una nueva voz de la fragata, en inglés y con marcado acento español.

—¡Mi nombre es Timothy Cooper y soy el capitán del ballenero Lady Cheryl de Hull, con destino a un puerto seguro en busca de provisiones y reparaciones! ¿Puede usted informarnos si Talcahuano o Valparaíso son seguros?

Aparentemente la detallada inspección visual de numerosos catalejos de las naves españolas, más el intercambio sostenido, terminaron por convencer a los hispanos de que no debían temer un alevoso ataque del buque amparado por la bandera británica, porque a pesar de que no se pudo apreciar un relajo en la vigilancia, el tono de la conversación se tornó más amable por parte del interlocutor español, indudablemente orgulloso de ser el único capaz de comunicarse con los súbditos de la rubia Albión.

—¡Talcahuano está en poder de nuestras tropas pero bajo ataque terrestre de los insurgentes, a quienes barreremos del mapa! —informó el locuaz Obregón—. ¡Valparaíso, desafortunadamente, ha sido ocupado por los rebeldes, pero los echaremos de ahí también! ¡Si lo que ustedes buscan es un puerto seguro, honradamente no les recomiendo ninguno de los dos! ¡Además de que ambos van a ser cerrados al comercio mercante por nuestra flota!

Mackay, mientras tanto, recorría disimuladamente con su catalejo los buques españoles, tratando de identificarlos. Pronto pudo enfocar la popa de uno de los bergantines, leyendo claramente el nombre de Potrillo, pero luego escuchó como Obregón sin ningún empacho proporcionaba la identificación de la fragata Veloz y del otro bergantín, Pezuela, lo que a juzgar por un intercambio que se pudo apreciar, aunque no escuchar, le valió un áspero raspacacho de su superior, quien aunque no entendiera inglés sí comprendió que su subalterno se estaba pasando de lenguaraz.

La situación estaba clarísima: en los algo más de dos años que los tripulantes del ballenero habían pasado faltos de noticias, las cosas obviamente se habían volcado favorablemente en beneficio de los rebeldes. Si estos ocupaban Valparaíso, era obvio que también eran dueños de la capital, Santiago. Y si tenían actualmente sitiado Talcahuano, unos seiscientos kilómetros al sur de Santiago —si Mackay no recordaba mal—, quería decir que ya eran dueños de medio país.

—Pero no dominan el mar. Interesante —se dijo Mackay, al tiempo que una idea algo descabellada cruzó como un destello por su mente.

La mar gruesa hacía difícil mantener las naves lo suficientemente cerca para poder sostener un diálogo sin el riesgo de una colisión, por lo que los bergantines empezaron a maniobrar para alejarse, al tanto que desde la fragata se escuchaban claramente las voces de mando a la marinería para hacer lo propio.

—¿Se han encontrado con otras naves? —preguntó a gritos Obregón. —¡Requerimos que nos informen en qué fechas las encontraron y bajo qué bandera navegaban!

—¡Los suyos son los primeros navíos con los que nos cruzamos en varias semanas! —contestó Cooper, lo cual era absolutamente cierto.

La fragata completó su maniobra al tiempo que un golpe de mar la separaba definitivamente de la Lady Cheryl, que inició los movimientos para retomar su ruta original.

—¡Buen viaje y buena caza! —se escuchó gritar a modo de despedida al teniente Obregón.

Los tripulantes del ballenero agitaron sus manos también en señal de despedida y algunos empezaron a abandonar las bordas para retornar a sus quehaceres, en tanto que otros observaban los buques españoles mientras se alejaban. Mal que mal, eran los primeros seres humanos que veían, distintos de aquellos con los que vivían en estrecha compañía día tras día, en casi dos meses.

—Mr. Mackay, ¿puede venir a mi cámara, por favor? — solicitó el capitán Cooper.

—Por supuesto, Mr. Cooper.

Ya en el camarote, Cooper procedió a registrar en el cuaderno de bitácora la fecha, hora, posición y nombre de las naves españolas recién encontradas. Mackay no pudo dejar de asombrarse al poner atención a la fecha, 24 de marzo de 1817; ¿cómo podía haber pasado el tiempo tan rápido?

—Creo, Mr. Mackay, que usted estará de acuerdo conmigo en que la recalada en Talcahuano ha quedado automáticamente descartada después de las noticias que acabamos de recibir, ¿no le parece?

—Definitivamente, Mr. Cooper. Lo que menos quisiera es que nos viéramos envueltos en una batalla. Pero aun así, todavía requerimos reaprovisionarnos de agua, galleta, legumbres frescas, carne salada, etc., por lo que sugiero entonces que pongamos rumbo a Valparaíso.

—Pero si el puerto está ocupado por los rebeldes ¿cree usted que será seguro?

—Si está en manos de los rebeldes, por lo menos debe de estar en paz. Además, aún no está totalmente bloqueado por la marina española, de acuerdo con la información recibida del bocón de Obregón, por lo que probablemente encontremos otros buques británicos fondeados también ahí que nos puedan proporcionar noticias frescas sobre la situación que debemos esperar.

—Cierto. Probablemente haya hasta algún ballenero de Hull. Creo, entonces, que lo más lógico sería seguir rumbo a Valparaíso, ¿Está usted de acuerdo, Mr. Mackay?

—Estoy de acuerdo, Mr. Cooper.

Mackay se dirigió a la cámara donde ya se habían congregado Thomas, McPherson y Johnson, quienes junto con el doctor, Mr. Kelley, comentaban el encuentro con las naves españolas mientras disfrutaban de la primera comida del día, servida por Jimmy, uno de los aprendices —un simpático muchacho de dieciséis años recién cumplidos—, y uno de los ayudantes del cocinero.

—Parece que Talcahuano está fuera de nuestras opciones, ¿no opina usted lo mismo, Mr. Mackay? —preguntó el doctor antes de que Mackay alcanzara siquiera a sentarse.

—Pues creo que sí, Mr. Kelley —respondió Mackay, sin comprometer mayor información.

—Digo yo —insistió Kelley—, para qué nos vamos a ir a meter en la boca del lobo, ¿no le parece?

—Me parece— contestó nuevamente Mackay, mientras se inclinaba para coger la jarra de café y recibía de Jimmy una generosa porción de tocino y galleta, que agradeció con un guiño.

—Yo estuve una vez en Valparaíso —intervino Thomas—. Me encontraba embarcado en la Dunnet en mi primer viaje a Sudamérica.Tiene una amplia bahía, rodeada de cerros pelados desde donde las casas se descuelgan hacia el mar, y había un par de balleneros norteamericanos fondeados en el puerto. No tiene, o por lo menos no tenía mucho que ofrecer como ciudad en ese entonces, pero se podían conseguir buenas provisiones, comer una fruta extraordinaria y hasta emborracharse con un vino bastante potable. Pero eso fue ya hace por lo menos seis años

—¿Había guerra en esos días? —preguntó Johnson.

—No que nosotros supiéramos, y supongo que entonces el país estaba regido por los españoles. La insubordinación debió de empezar poco después de nuestra visita.

En ese momento entró el capitán en la cámara y, sin sentarse, procedió a informar a los presentes de que había tomado la decisión de dirigirse a Valparaíso para reabastecerse y descansar antes de continuar viaje hacia su próxima zona de caza. La noticia fue recibida con el beneplácito general. Eran ya demasiados meses en alta mar y todos echaban de menos la oportunidad de poder relacionarse con otros seres humanos en tierra firme,comer como gente civilizada alimentos frescos y tratar de sacarse, aunque sólo fuera por unos días, el pesado olor de la grasa y el aceite de ballena de las narices.

Mackay estimó que deberían llegar a Valparaíso hacia el 30 de marzo, y así se lo hizo saber a la tripulación, que respondió con un sonoro «hurra» a la perspectiva de vino, comida y mujeres que les esperaban tras una sola semana más de navegación.

—Pobre Valparaíso —se dijo Mackay sonriéndose—, jamás sabrá qué lo golpeó después de que estos salvajes se alejen de ahí.

La noticia de la próxima recalada levantó definitivamente el ánimo de toda la tripulación, que empezó a cumplir las tareas rutinarias con renovado entusiasmo, sabiendo que el merecido descanso estaba a la vuelta de unos pocos días. Ello no significó que la acostumbrada vigilancia del océano en busca de los codiciados cetáceos se descuidara, sobre todo porque durante el curso del día el mar empezó a apaciguarse y desapareció el grueso oleaje que habían tenido durante la noche y gran parte de la mañana.

Hacía tiempo que los buques españoles habían dejado de verse, y el océano nuevamente se mostraba vacío en su inmensidad, sin ninguna vela ni un atisbo de costa que rompiera su límpido horizonte. Incluso el sol asomaba entre las nubes, lo que contribuyó aún más a levantar el espíritu de todos.

—Nada como el anuncio de un puerto para la salud de un marinero —le comentó el doctor Kelley esa noche a Mackay—. Hoy no me visitó ninguno de los acostumbrados remolones para quejarse de algo.

Estaban en el castillo de popa al lado del timonel, ambos con un tazón de café en la mano, disfrutando de la puesta de sol, que había asomado tardío sólo para entregar su eterna obra de arte de esconderse en el horizonte entre nubes rojizas. Del palo mayor llegaba el sonido de la agradable voz de tenor del marinero Burwell, que cantaba una canción norteamericana de balleneros:


There was a ‘Bedford Whaler put out to hunt for oil,

With a try-works in amidships where chunks of whale could boil,

And a fo’c’s’le, wet and frowsy, where whalers’ crews could gam,

And her captain came from ‘Bedford and did not give a cent,

So over the bar from ‘Bedford to hunt the whale she went.

But never a whale she sighted for eight and forty moons,

She never lowered her boats in chase nor reddened her harpoons,

So home she went to ‘Bedford, where her owners came to ask,

«How many tons of whalebone, cap, and how much oil in cask?»

The captain turned his tobacco inside his weather cheek,

And he said «At least the Bible says, blessed are they who seek.

We’ve been at sea four years and more and never seen a whale,

We haven’t a lick of oil on board but we’ve had a darned good sail.» [4]


Un coro de risas de los tripulantes coronó la tonada, urgiendo a Burwell que la cantara de nuevo. Kelley, por su parte, no pudo evitar reírse también con ganas.

—¡Ja, ja, ja! Afortunadamente podemos decir que nuestro viaje va resultando algo mejor que el de la Bedford Whaler, Mr. Mackay.

El escocés, sin embargo, divagaba sobre la loca idea que se había cruzado por su cabeza al recibir las noticias de la actual situación de la rebelde ex colonia española de Chile. «No tienen marina», no podía dejar de repetirse, «y tienen una enorme costa que defender». No obstante, se decía que ello implicaba que tampoco tenían naves que tripular: «Es obvio; sin buques no hay marina, ¡zopenco!». Pero con audacia, los buques pueden obtenerse, se decía luego.

Los relatos de los balleneros apresados por la Essex durante la guerra angloamericana mencionaban la creciente cantidad de marinos ingleses y norteamericanos que deambulaban por Valparaíso, buscando la oportunidad de enriquecerse rápidamente sacando provecho del conflicto revolucionario que se había desencadenado en el país. Sin embargo, aunque muchos de ellos no lograron nada y no les quedó otra alternativa que embarcarse en el próximo ballenero de su bandera para salir de la trampa en la que se habían metido, tan pobres como llegaron, e incluso peor que antes, también había historias de otros que habían logrado rápidas fortunas, si bien estas eran demasiado fantasiosas para creerlas.

Como sea, la situación era indudablemente distinta ahora, ya que los rebeldes estaban ganando, y quienquiera que estuviera dirigiendo esta rebelión, no podía ser tan ciego como para no comprender que, sin una marina de guerra, cualquier logro militar terrestre se escurriría como agua entre los dedos si no era consolidado con el dominio del mar, impidiendo así que el enemigo pudiera impunemente desembarcar cuantas tropas quisiera para continuar eternamente una lucha que, en esas condiciones, era imposible de ganar.

Mackay, además, estaba pasando por un período de cuestionamiento en su vida. Las pocas esperanzas que veía de recibir a mediano plazo el mando de su propio buque, más el golpe que había recibido al perder a su dulce Catherine, hacían que se cuestionara sus logros hasta la fecha y lo que podía esperar del futuro.Y, desgraciadamente, la respuesta que más acudía a su mente era: «Nada, absolutamente nada».

—Chile podría ser una oportunidad —se dijo—. No pierdo nada con observar cómo está la situación ahí, qué posibilidades reales existen, cuáles son los riesgos, y qué puede ofrecer esta guerra a un hombre decidido como yo y que a estas alturas de su vida no tiene nada que perder.

Con esta última acotación, decidió terminar con sus vanas elucubraciones sobre el porvenir y dejar sencillamente que lo que lo que encontrara en Valparaíso en seis días, fuera lo que fuera, fijara el curso futuro de su vida.

—Una vez allí, ya veremos, y punto —masculló para sus adentros, y se dirigió al puente para entrar de guardia.



3


Tres días más tarde, en un glorioso amanecer, Mackay disfru­taba de su pipa luego del desayuno, observando el movimiento ondulante y siempre cambiante del océano, mientras la proa de la muy marinera Lady Cheryl rompía las olas dirigiéndose rauda hacia su primer puerto de abrigo en el Pacífico —de hecho, el primer puerto en que recalarían después de su breve pasada por las desoladas islas Falkland, antes de emprender la aventura de cruzar el cabo de Hornos—, cuando de pronto le pareció ver una vela en el horizonte.Aguzó la vista, usando la mano como visera para poder observar mejor, y casi inmediatamente surgió el grito del vigía desde lo alto:

—¡Una vela en posición noroeste! ¡Barco a la vista!

La tripulación inmediatamente salió a la cubierta, algunos trepando a las jarcias para poder observar mejor, mientras Mackay pedía su catalejo para intentar enfocar al navío e identificarlo.

La última posición demarcada del Lady Cheryl lo ponía a unos tres días de su arribo a Valparaíso, y este buque desconocido indudablemente se dirigía también al mismo puerto.

—O no es español, o lo es y no sabe que el puerto está controlado por los rebeldes -—masculló Mackay, mientras continuaba intentando identificar la bandera del buque.

El viento y el rumbo que las naves seguían iban a ponerlas lo bastante cerca de todas maneras, pero indudablemente era preciso identificar el navío antes de que la aproximación fuera tal que, en caso de peligro, no quedara alternativa de escape con la debida premura.

—¿Puede identificar esa bandera, Mr. Mackay?

—¡No he logrado verla bien, Mr. Cooper! ¡Pero el navío es definitivamente un bergantín inglés! ¡Observe usted la forma del casco y del castillo!

—¡La bandera es azul, blanca y amarilla, en tres franjas horizontales! —apuntó la voz del vigía, situado en una posición de observación privilegiada.

—¿La conoce, Mr. Mackay?

—No la he visto nunca antes, capitán.

—Mr. Johnson, Mr. Williams, ¿reconoce alguno de ustedes ese pabellón?

—¡No, sir!

El bergantín, de unas doscientas veinte toneladas, estimó Mackay, ya era perfectamente visible con el catalejo y mostraba una increíble actividad en cubierta, que al principio le costó entender. Pero luego pudo apreciar que lo que ocurría en realidad era que la nave estaba absolutamente llena de gente.

—Si estimamos una tripulación como la nuestra, en consideración al tamaño del buque, debieran tener unos cuarenta y cinco hombres a bordo. Pero ese bergantín debe de estar transportando más de ciento cincuenta personas, ¡y hasta se ven mujeres! —exclamó Mackay sorprendido.

Se podía observar, al estudiar el buque desconocido con atención, que se le habían efectuado algunas transformaciones para convertirlo en una unidad de combate —Mackay contó la instalación de por lo menos unas ocho carronadas por su banda visible-—, además de que se podía apreciar cómo hombres con uniforme de oficial impartían órdenes que eran prestamente cumplidas por marineros que se distinguían con claridad entre la gran masa heterogénea de personas que ocupaban la cubierta, y que estaban siendo dirigidas para que despejaran la misma, dejando mayor libertad de operación a la tripulación.

—¡Un buque de guerra! ¡Pero entonces sólo puede ser chileno, y eso implica que sí tienen marina después de todo!

Una vez los dos navíos estuvieron suficientemente cerca como para iniciar un diálogo, se escuchó desde el bergantín una voz en perfecto inglés —con indudable acento norteamericano—, solicitando identificación y destino.

—¡Un condenado yanqui! —comentó Phillips, que se había ubicado al lado de Mackay para observar el buque.

Tal como había ocurrido en el encuentro con la flotilla española, Cooper repitió la rutina de presentación:

—¡Este es el ballenero británico Lady Cheryl de Hull, con rumbo a Valparaíso para realizar reparaciones y reaprovisionarse! ¡Mi nombre es Timothy Cooper, capitán del buque! ¿Puedo solicitarles que se identifiquen?

—¡Soy el capitán Raymond Morris, del bergantín Águila, de la Marina de Chile!

—¡Marina de Chile! ¡Quién lo habría soñado! —no pudo dejar de exclamar Mackay, y miró con expresión de asombro a Phillips, situado a su lado.

Cuando la gente que poblaba la cubierta del Águila comprendió que no había riesgo de combate, se congregó en la borda para observar mejor al ballenero,buque —por lo demás— de mayor tamaño que el bergantín. Mackay y los tripulantes del Lady Cheryl pudieron así observar también con mayor atención a estas personas que ocupaban prácticamente todos los lugares visibles de la cubierta. Las había de todas las edades: hombres jóvenes, caballeros maduros de apariencia distinguida (pero mal vestidos y con indudables señas de haber sufrido todo tipo de privaciones), muchachos apenas salidos de la niñez, y hasta una mujer.

—Si estuvieran encadenados, diría que es una especie de colonia penal flotante —comentó Phillips, expresando exactamente lo que Mackay tenía en la mente.

—Es lo mismo que estaba pensando.Y, de hecho, aunque toda esta gente no lleva grilletes, si mis ojos no me engañan sí hay algunos encadenados, o por lo menos con ataduras y vigilados, ahí, bajo el castillo de popa. ¿Los alcanza a ver, Mr. Phillips?

—¡Cielos, tiene toda la razón! ¿Qué significará todo esto? Efectivamente, a popa del bergantín chileno era posible observar a un grupo de hombres detenidos y bajo vigilancia, lo cual contribuía todavía más a acrecentar la curiosidad de Mackay respecto del buque y sus pasajeros.

Las dos naves estaban navegando casi a la cuadra, separadas por una distancia de unos trescientos metros, bajo un viento que disminuía rápidamente su fuerza y amenazaba con entrar en uno de esos períodos de calma que constituyen la desesperación de los marinos, que se ven de pronto inmovilizados en mitad del océano, sin su única fuerza motriz.

La distancia hacía ahora casi imposible mantener un diálogo con las bocinas, por lo que la tripulación del Lady Cheryl se dedicó a tejer toda clase de conjeturas sobre el buque de pabellón desconocido que navegaba a corta distancia de ellos y de su curioso cargamento de personas. La teoría más probable era que el Águila había participado en un rescate de náufragos, y de ahí las trazas de sus pasajeros. Mackay reconocía que dicha posibilidad tenía bastante sentido.

A media tarde los buques estaban prácticamente inmóviles en la inmensidad del océano, y sólo muy de vez en cuando podía apreciarse una leve brisa que no era suficiente ni siquiera para desplegar en su totalidad la bandera a popa del Lady Cheryl.

De pronto se pudieron escuchar nuevamente voces provenientes del bergantín, por las cuales se logró entender que el capitán Morris tenía la amabilidad de invitar al capitán Cooper y a su segundo a cenar a bordo de su buque. La calma del océano era para entonces absoluta, por lo que Cooper hizo señas de que aceptaba la invitación y llamó a Mackay para que lo acompañara.Tras cambiar sus acostumbradas ropas de trabajo por algo más presentable, se arrió una chalupa con su dotación de remeros y se encaminaron rumbo al Águila.

—Señores, solicitamos autorización para subir a bordo — se dirigieron, al llegar al costado del bergantín, a dos jóvenes oficiales que les esperaban en el portalón.

—Con agrado. Sea usted bienvenido a bordo, capitán Cooper— les contestó uno de los oficiales, de indudable nacionalidad inglesa—. Mi nombre es James Hurrel y este caballero que me acompaña es Mr. John Young, y somos los pilotos de este buque.

—Muy agradecido. Permítanme presentarles a Mr. William Mackay, mi primer oficial.

Todos se saludaron llevándose la mano a la gorra, como para descubrirse, lo que la tradición estaba ya convirtiendo en el típico saludo naval y militar.

Hurrel inició la marcha dirigiendo a los dos visitantes hacia donde seguramente les estaba esperando el capitán Morris, abriéndose paso entre la gente que colmaba la cubierta. Mackay aprovechó para observar a estas personas y corroboró su primera impresión de que parecían en su mayoría gente acomodada que por alguna especial circunstancia mostraba ahora tan mal aspecto. Igualmente pudo mirar a los prisioneros, y vio que estos estaban divididos en dos grupos, uno con tipos de indudable mala catadura y aspecto patibulario y otro con soldados de uniforme, aunque poco quedaba en buen estado de dichos uniformes.

—¿Prisioneros españoles? —preguntó a Young, que caminaba a su lado, indicándolos con un gesto.

—Efectivamente. De la guarnición de Juan Fernández.

—¿Capturaron ustedes la isla?

—Se podría decir que sí, aunque pronto esas islas que darán absolutamente despobladas y desiertas. En ellas no quedaron más que una pequeña guarnición y algunos delincuentes comunes que no fue posible embarcar por falta de espacio en la nave, y que deberán ser repatriados próximamente. Esos soldados constituían la guarnición a cargo de la colonia penal existente en la isla, pero además estaban a cargo de la custodia de toda esta gente que son patriotas chilenos y que fueron desterrados a Juan Fernández después de la derrota de Rancagua, hace ya casi tres años. Me atrevería a decir que lo más granado de la alta sociedad chilena está en este momento a bordo de esta nave, aun cuando, como usted puede apreciar, esté cubierta de harapos.

—Desafortunadamente, no estamos muy enterados de los sucesos recientes en este lado del mundo. De hecho, hace poco que nos enteramos de que Valparaíso estaba en manos de los rebeldes, y ello por boca de una flotilla española con la que nos cruzamos tres días atrás.

La mención de los buques españoles sobresaltó de inmediato a ambos oficiales, y sin lugar a dudas llamó vivamente su atención.

—Esperemos a estar ante el capitán Morris para que nos relaten algo más sobre ese encuentro con naves españolas. Por lo pronto, les recomiendo que dejen de referirse a los chilenos calificándolos como «rebeldes» o, peor aún, como «insurgentes». La nominación que ellos utilizan y por la cual esperan ser reconocidos es la de «patriotas», ya que están luchando por la independencia de su patria y merecen por ello el máximo respeto.

—Gracias por la advertencia. La tendremos en cuenta.

Se encontraban ya en el interior del buque, dirigiéndose hacia la cámara del capitán, y constantemente se cruzaban con tripulantes que hablaban tanto en inglés como en español, no dejando ninguna duda de que la base de la tripulación de esta nave era británica, como los oficiales que hasta ahora habían conocido, con la única excepción —curiosamente— del capitán, que era, aparentemente, de procedencia estadounidense.

Ya en la cámara, Cooper y Mackay fueron presentados a dos personajes que les aguardaban allí. Uno de ellos, el flamante comandante del Águila, el señor Raymond Morris, resultó ser —para asombro de Mackay— un teniente de artillería de no más de veinticinco años de edad. El segundo anfitrión, también un hombre de menos de treinta años llamado Manuel Blanco Encalada, era uno de los patriotas y antiguos prisioneros en Juan Fernández.

Cuando estaban a punto de sentarse, tras los saludos de rigor, se incorporó a la reunión un tercer oficial del buque, también chileno y de nombre Pedro de la Cruz, y que fue presentado como el segundo de a bordo.

—Quisiéramos agradecer, antes de nada, su cordial invitación, capitán Morris. Hace demasiado tiempo que no tenemos la oportunidad de compartir con otros marinos una conversación y un intercambio de noticias que nos pongan al día de los sucesos del mundo —empezó diciendo Cooper.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-30 show above.)