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Historia de Colombia

Rafael M. Granados

La independencia y la república

Texto de estudio para sexto año

Novena Edición, 1962

Reimpresión enero de 2019

ISBN: 9780463259610

Smashwords Inc.


Ediciones LAVP

www.luisvillamarin.com

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Historia de Colombia

Causas internas de la emancipación

Nociones sobre el indigenismo

El mundo al alborear la época de nuestra independencia

Cambio de dinastía en España al iniciar el siglo XVIII

Las primeras manifestaciones de descontento

El ambiente cultural en la Nueva Granada a fines del Siglo XVIII

Los primeros escritores públicos

Causas externas de la independencia de la Nueva Granada

Los precursores

El veinte de julio de 1810

La unidad nacional en la independencia

Luchas por la libertad

La caída de la primera república en 1816

La restauración de Colombia. La carta de Jamaica

La campaña libertadora

La Republica 1819 hasta hoy

La Gran Colombia. Periodos de la república

Vida Política de la Gran Colombia

Aparición de los partidos políticos

Insurrección del general José María Córdoba

La Nueva Granada

La Confederación Granadina

Estados Unidos de Colombia

República de Colombia

La República desde 1930 hasta 1962

Formación de la cultura nacional

Síntesis histórica de la economía nacional

La iglesia 1828 hasta hoy

CAUSAS INTERNAS DE LA EMANCIPACIÓN

INTERPRETACIÓN DE LA CONQUISTA

La conquista de nuestro territorio fue un esfuerzo gigantesco de la España cristiana, según puede apreciarse por las proezas legendarias que realizaron aquellos hombres, émulos de los cruzados de los tiempos medioevales y por la lucha que ellos emprendieron, hasta derrocar en América el reinado de la barbarie y erigir sobre sus ruinas el alcázar de la civilización cristiana.

La mente del descubridor de América fue buscar un camino más corto que el conocido para ir a la India, y librar el Santo Sepulcro del poder de los turcos.

La mente de la reina Isabel, alma del descubrimiento y de la conquista, fue sobre todo atender a la salvación de las almas de los indígenas de este suelo, según consta por su testamento.

La mente de los conquistadores fue diversa; para interpretarla distingamos:

TRES CLASES DE CONQUISTADORES

Era España en el siglo XV un pueblo de guerreros; estos amaban con delirio su libertad individual y su independencia local; la misma naturaleza física del territorio debió de influir en hacer de los españoles hombres independientes; su suelo, a trechos árido, calcinado en los veranos por los rayos de un sol ardiente y azotado en el invierno con los rigores de temperaturas extremadamente frías, debió de influir en la formación de una raza brava, beligerante, intrépida y sufrida.

Valientes los españoles hasta el heroísmo por naturaleza, se habían aficionado a la vida de campaña, primero en la lucha titánica de un siglo contra los romanos, luego en las luchas de los señores feudales y por último en la cruzada de casi ocho siglos contra los árabes.

Aunque los conquistadores españoles fueron profundamente cristianos, la moral de muchos de ellos fue laxa y en ocasiones creyeron lícitos los actos más inicuos.

Al tratar de los conquistadores españoles, distingamos entre el aventurero, el colono y el conquistador de almas.

El primero sólo aspiraba a obtener oro y riquezas, aunque fuera por medios ilícitos, formando si acaso colonias provisionales, base de sus jiras de águila sobre las tribus vecinas, a las que cazaba y sometía a triste servidumbre; el segundo, impelido por el deseo de ensanchar a España, transmontó las más de las veces cordilleras gigantescas, salvó abismos, atravesó ríos torrentosos, luchó contra las fieras y las plagas, venció aguerridas naciones indígenas, penetró en el corazón mismo de la América, ocupó las tierras, las cultivó y verificó fundaciones benéficas y durables; el tercero, vestido humildemente, sin yelmo, sin coraza, y sin espada, venía empujado por fuerza sobrehumana; en un cuerpo enjuto muchas veces por el clima y las penitencias, encerraba una alma de hierro y su brazo no se alzaba sino para bendecir y mostrar el camino de los cielos; a 'este grupo cupo gran parte en la epopeya de la conquista; los misioneros fueron el amparo del salvaje, suavizaron el empuje de las armas de los conquistadores, fueron medianeros de paz, consejeros de los gobernantes e inspiradores de grandes obras.

TRANSFORMACIONES REALIZADAS CON OCASIÓN DE LA CONQUISTA

Al llegar los conquistadores a nuestro suelo, se efectuaron diversas transformaciones: entre ellas son memorables las realizadas en cuanto a los elementos étnicos, religiosos y económicos.

En cuanto a los elementos étnicos, hubo fusión de la raza europea con la indígena, fusión benéfica que dio como resultante una raza nueva, dotada de excelentes cualidades y virtudes, vigorosa, inteligente y activa.

"El español fue el único de los conquistadores de estos países que dio la mano de esposo a la india. El español procuraba convertir, se casaba con la india cristiana, y de esos enlaces santificados por el Sacramento, que es el que los hace respetables y asegura la suerte de una débil mujer, provienen las mejores décimas partes de nuestra población blanca; así es que el tipo indio se trasluce en ella con pocas excepciones". —Posada Gutiérrez—.

La transformación religiosa fue rápida, debido entre otros factores, a la actividad portentosa de los misioneros y a la docilidad de la mayor parte de los indígenas para recibir la luz de la verdad. Merced a esa transformación los indios abandonaron la idolatría, reconocieron la existencia del verdadero Dios y abandonaron sus costumbres depravadas al abrazar la moral purísima y sublime del evangelio cristiano.

La conquista trajo también consigo una notable transformación económica: el indio perdió sus tierras con las riquezas que ellas atesoraban y se vio obligado a cultivarlas en beneficio de los nuevos amos.

La agricultura recibió poderoso impulso merced a la adquisición de instrumentos aptos para el trabajo y merced a los nuevos productos introducidos para el cultivo.

El comercio adquirió también nuevos artículos y se halló en manos más expertas. Los metales preciosos y las piedras finas, antes tenidas en poco aprecio, fueron desde entonces más estimadas y mejor valorizadas y los indígenas adquirieron los grandes cuadrúpedos proveedores de carne y leche y utilizables para la carga y los transportes.

Consecuencias de la conquista: sobre este punto hay divergencias profundas: colocándonos en un plano imparcial, podemos decir que España hizo mucho por nuestra patria.

De España recibimos el beneficio incalculable de la religión verdadera: el pueblo que estaba sentado en las sombras de la muerte fue iluminado por la luz esplendorosa de la verdad que llenó de consuelo las almas de los infelices indígenas y orientó sus aspiraciones hacia una patria mejor.

La religión arraigó con fuerza poderosa en el alma de los hijos de este suelo, hasta el punto de ser nuestra patria un baluarte inexpugnable de la ortodoxia; en nuestros hogares arde pujante la llamada sagrada de la fe que la mano bendita del español encendiera hace más de cuatro siglos y esa antorcha, aún satura con perfumes de santidad nuestras moradas.

España nos dio su sangre; ella, en combinación con la del nativo americano, según indicamos antes, dio como resultado una raza privilegiada; merced a la sangre española que corre por nuestras venas, podemos afirmar que los hidalgos y valientes caballeros de la España Grande sobreviven aún en nuestra patria.

España nos trajo el don precioso de su rico y encantador lenguaje que el indígena aprendió con perfección, el colono cultivó con exquisito esmero y el colombiano culto maneja con gallarda habilidad. Casi medio mundo habla hoy el lenguaje de Castilla y de él no pueden prescindir ni el comerciante ni el sabio. 150.000.000 de individuos hablamos el español en el mundo.

Por lo que a la cultura intelectual respecta, España, sobre todo por medio de los misioneros sembró el país de escuelas, fundó Colegios y centros de estudios superiores donde se formaron beneméritos jerarcas de la iglesia y los mismos próceres que luego realizaron la emancipación.

La cultura material fue muy considerable también; los españoles fundaron numerosas ciudades y poblaciones, algunas de las cuales gozan hoy de exuberante vida. De España vinieron al país maestros expertos que con nuevos instrumentos de trabajo adiestraron en el cultivo de los campos y en artes diversísimas a los hijos de este suelo: merced a la actividad del colonizador español, Colombia posee hoy sus numerosos rebaños y vacadas, fuente de incalculable riqueza. El español enseñó a arrancar a nuestras montañas los tesoros preciosos; él trajo gran variedad de cereales y frutas con que se ufanan nuestros huertos y las flores vistosas que engalanan nuestros hogares.

España en cambio, aprovechó nuestros tesoros, enriqueció su flora, llenó sus arcas de oro y plata y explotó el trabajo de los indígenas.

SÍNTESIS

La Independencia. Causas internas de la emancipación. Interpretación de la conquista. La conquista de nuestro territorio fue un esfuerzo gigantesco de la España cristiana. La mente de Colón fue buscar un camino corto para la India; la de Isabel, cristianizar; la de los conquistadores, diversa, según fuese un aventurero, un colonizador o un misionero.

Era España en el siglo XVI un pueblo guerrero; se endureció en la lucha con el suelo y las temperaturas; creció en las contiendas. El español, aunque cristiano, fue en ocasiones de moral laxa. Transformaciones: la étnica dio como resultante una raza inteligente y activa; la religiosa fue rápida; la económica fue enorme: la agricultura progresó con las nuevos instrumentos y nuevos productos; el comercio adquirió nuevos artículos; los grandes cuadrúpedos se utilizaron para la carne, leche, cueros, carga y transportes. Consecuencias de la conquista.

España nos dio la religión que arraigó con fuerza; la sangre que en combinación con la del indígena dio raza privilegiada; su lenguaje rico y encantador. Cultura intelectual: fue grande; España fundó escuelas, colegios y universidades. Cultura material: fue considerable: España trajo maestros expertos, formó rebaños; trajo cereales, frutas y flores.

NOCIONES SOBRE EL INDIGENISMO

Al llegar los conquistadores europeos a América encontraron en ésta algunos pueblos de civilización muy avanzada; tales fueron los aztecas y mayas de Méjico, los incas del Perú y los chibchas de Colombia.

Los aztecas tenían, a la verdad, cosas muy laudables: gloria suya fue la fundación de la gran Tenochtitlán, ciudad grandiosa y de comercio portentoso; fueron los aztecas notabilísimos por su agricultura y por sus excelentes vías de comunicación: magníficas calzadas comunicaban el imperio y por doquiera estaban amparadas por fortalezas. No menos notables fueron por su organización social, su industria textil, orfebrería y grandiosa e imponente arquitectura que asombró a los conquistadores.

El calendario azteca presupone observaciones astronómicas muy exactas. Fue notable la actividad espiritual de este pueblo quien supo investigar los secretos de la naturaleza; llegaron a usar los aztecas la escritura figurativa; desarrollados con libertad y acerados en el rudo trabajo y en las fatigas de la guerra, fueron fuertes, valientes, astutos, perseverantes y capaces de subyugar a otras naciones.

De los mayas podríamos emitir análogo concepto: dignos de encomio fueron por su infatigable laboriosidad, por la exquisita educación de las mujeres y la admirable organización de su gobierno: entre los mayas hallaron los conquistadores gentes bien vestidas y ciudades magníficamente edificadas; la civilización maya fue la más interesante de América por la magnificencia de su arquitectura, sólida, estable y majestuosa y por las señales de su adelanto intelectual, cuyo exponente es su escritura. El calendario maya presupone conocimientos matemáticos no comunes.

En los dos imperios mencionados la juventud era educada con esmero: se le enseñaba el orden, el porte culto, la veracidad, la templanza, la actividad y se le instruía en el culto divino. Los consejos de un padre a su hijo y de una madre a su hija que, la historia. nos ha transmitido —traducidos por el padre Bernardino Sahagún, sorprenden y parecen influenciados por la sublime doctrina del cristianismo.

De igual manera, la amonestación del sacerdote al coronar al soberano revela eximia sabiduría y en la oración del príncipe aparece éste como imagen de Dios y representante suyo. El soberano en Méjico no era por derecho un déspota arbitrario y era elegido.

Para los guerreros que se habían inutilizado en las campañas había en Méjico casas de inválidos. No había esclavos de nacimiento y la ley amparaba a los que en la nación existían.

Todo esto no obstante, la civilización mejicana estaba muy lejos del ideal de las naciones civilizadas; su estado moral era lamentable bajo varios aspectos: el rigor de su legislación era excesivo: la muerte se imponía aún por faltas de escasa gravedad; las guerras se desencadenaban con leves pretextos, y casi siempre sin ninguno; la resistencia al pago de los tributos que, en ocasiones presentaban las naciones vencidas, acarreaba sobre éstas, mortandades horrorosas, en las cuales no se respetaba edad ni sexo; las oraciones, que aún se conservan, revelan el carácter sombrío y tétrico de aquel pueblo; fiestas sin sacrificios humanos no se concebían en Méjico; su religión sanguinaria les imponía sacrificios humanos, por lo menos veinte veces al año; sus santuarios exhalaban horrible hedor de sangre humana; en un sólo templo hallaron los conquistadores ciento treinta y seis mil cráneos de víctimas humanas sacrificadas; uno de los fines primordiales de las crueles guerras era hacer prisioneros para inmolarlos a los dioses quienes, según decían los sacerdotes, tenían "sed de sangre"; sacado por los ministros el corazón humeante de la víctima humana, lo arrojaban a los pies de la divinidad; el cadáver rodaba por las escaleras de la gran pirámide y era ávidamente devorado por la muchedumbre; el canibalismo crecía de día en día en proporción espantosa; de los aztecas pasó a las demás tribus; en la mesa de Moctezuma la carne de niños tiernos era el bocado predilecto. El pueblo mejicano presenta rudos contrastes de grandeza y abyección.

Los incas no son menos dignos de admiración que los aztecas y mayas y presentan aún algunas bellas cualidades más sorprendentes que las de aquellos; descollaron los habitantes del imperio incaico en la agricultura e hicieron en ella espléndidos progresos; amigos de superar dificultades, por medio de artificiosos canales condujeron el agua aun a través de montañas imponentes; emplearon de manera científica los abonos y convirtieron el país en un bello jardín.

Por medio de magníficas calzadas, cruzaron el imperio en forma de cruz, con cuatro vías arterias, entrelazadas con otras secundarias; los bellos tejidos y arte plumario de los incas, maravillaron a los conquistadores; fueron excelentes alfareros y manejaron con habilidad los metales. Sus construcciones, muchas de ellas de pórfido o granito, aunque no son dechado de belleza, fueron notables por su armonía y estabilidad; pueblo saturado de hondo sentimentalismo, fue también notable por sus encantadoras melodías.

Los incas no fueron comunistas, pues reconocieron la propiedad privada, sino, parcialmente colectivistas; integraron un pueblo dotado de laboriosidad prodigiosa que miró la ociosidad como un crimen; el país llegó a ser semejante a "un gran taller de trabajo", donde todos sus habitantes rendían, según sus capacidades, y a nadie se imponían cargas excesivas; no había mendigos ni opulentos.

En el Perú gobernaba el Inca —descendiente del dios Sol—; es el soberano que con poder más absoluto ha gobernado en el mundo: "apenas las aves se atreven a volar en mis Estados", dijo Atahualpa a Pizarro; de él dimanaban todos los derechos de los súbditos; era el autor de las leyes y nombraba los jueces; a él pertenecían las tierras de sus estados con sus pingües rendimientos; era también el sumo pontífice en el imperio. No obstante, el absolutismo del soberano, el gobierno del Perú era paternal y correspondía a aquel pueblo profundamente pasivo. La legislación tenía carácter religioso-moral.

La mujer en el Perú fue tratada con consideración y el marido asumía los trabajos más arduos.

Las guerras las hacían los incas con blandura y tenían por objeto primordial propagar el culto del Sol y difundir la civilización.

De la moralidad en el Imperio incaico se han hecho elogios sorprendentes: estaban mucho más elevados que los mejicanos y según afirmaron algunos españoles, más altos que los europeos; no conocieron el robo y el fraude; eran virtuosos, sumisos, diligentes, hospitalarios y generosos.

No obstante, lo expuesto, la iniciativa individual de los súbditos en aquel imperio nació muerta y faltó el desenvolvimiento de libre arbitrio; los súbditos, a pesar de que trabajaban con paciente asiduidad, no recibían como remuneración sino el vestido y el sustento; la legislación castigaba casi todos los delitos con el último suplicio; la religión no estuvo exenta de sacrificios humanos.

El absolutismo del soberano, piedra angular de su fuerza y su poder, fue al mismo tiempo la causa de la ruina de su país: prisionero el Inca, se desplomó el Estado.

Los chibchas, aunque alcanzaron un grado notable de cultura, ésta era muy inferior a la de los pueblos anteriormente mencionados.

Anteriormente nos ocupamos con detención de este pueblo; espigando de aquel estudio algunos conceptos, inferimos que el chibcha fue inteligente y de imaginación brillante; fue sagaz, sufrido, laborioso, perseverante y de apacible carácter; descolló por la agricultura, alcanzó gran perfección en la industria textil y fue notable por su orfebrería; su comercio fue activo y tuvo un extenso radio de acción. Eran los chibchas compasivos con sus enfermos y les llevaban curanderos para que los medicinaran.

No obstante, las virtudes mencionadas, los chibchas tenían grandes defectos que los alejaban de la civilización perfecta; su concepto sobre la vida futura era muy material y su politeísmo era tal que cada individuo podía inventar los dioses que le vinieran a su acomodo.

Al sol, dios sanguinario, ofrecían sacrificios humanos; de igual manera, sacrificaban esclavos en las gavias, siendo aquéllos sometidos al doloroso suplicio que les ocasionaban las saetas; sacrificaban niños en los cimientos de las casas de los ca ciques y sepultaban las mujeres y esclavos notables de los grandes señores; mataban a uno de los hijos gemelos; el absolutismo de los soberanos era generalmente exagerado y la legislación extremadamente severa; la condición de la esposa y de los hijos era en el hogar la de esclavos, y aquélla recibía mal trato bajo el pretexto de que era comprada; las guerras eran muy crueles: entregaban a las llamas a los pueblos vencidos y sacrificaban al sol a los niños que en aquéllos hallaban; en la guerra mataban a cuantos enemigos podían —especialmente de los panches—, aunque se les rindiesen; al jefe cautivo le sacaban los ojos y lo reservaban para ultrajarlo en las fiestas; los padres cuando llegaban a la vejez, eran arrojados del hogar, y entregados a la mendicidad, cuya desgracia era entre los chibchas motivo de burla; número imprescindible de las fiestas eran las borracheras y en algunas de éstas era permitida toda clase de desórdenes.

Dignos son también de singular estudio los indios piel-rojas y los araucanos. Los piel-rojas; en ellos hay tipos de gallarda y bella presencia; son orgullosos y se muestran insensibles al dolor; aman la gloria, y su independencia, son valientes guerreros, hospitalarios sobre manera, buenos oradores y dignos de singular admiración por sus constituciones democráticas.

No obstante ser crueles en las guerras y vengativos, adoptan con frecuencia a un prisionero por hijo. La pereza es endémica en ellos; por eso acertadamente se ha dicho que sucumbieron no ante las armas, sino ante el arado de los blancos.

Los araucanos son notables entre las naciones indígenas americanas por su fuerza física y moral y su capacidad organizadora; hicieron bellos tejidos y fueron buenos alfareros. Amantes de la música y de la poesía, descollaron como excelentes oradores; en sus piezas literarias empleaban lenguaje elegante y castizo.

Han defendido con intrepidez su libertad, a través de cuatro siglos y pueden vanagloriarse de vivir hoy independientes, después de encarnizadas luchas con españoles y republicanos. Fueron panteístas. Fueron fetichistas y supersticiosos; han disminuido notablemente por el abuso del alcohol.

Hecha la salvedad de los pueblos anteriormente mencionados, las demás naciones americanas son dignas de compasión profunda por su abyección y envilecimiento: fueron pueblos de cultura inferior, cuyas características principales pueden concretarse así: inteligencia escasa —salvo raras excepciones—; la familia o el clan era la base única de la vida social; eran polígamos; la mujer prácticamente se hallaba esclavizada y llevaba la peor parte en el trabajo; los vestidos, por regla general, eran casi nulos; las guerras, crueles, eran frecuentes entre las diversas tribus; eran politeístas y supersticiosos.

Los indios jíbaros del Napo, elegían por jefe al que hubiese hecho más homicidios y ostentaban como gloriosos trofeos las cabezas reducidas de sus enemigos.

Espantoso es el retrato que del indio hace el célebre misionero jesuita, José Gumilla en su obra "El Orinoco Ilustrado": "El indio bárbaro y silvestre es un monstruo nunca visto, que tiene cabeza de ignorancia, corazón de ingratitud, pecho de inconstancia, espaldas de pereza, pies de miedo; su vientre para beber y su inclinación a embriagarse son dos abismos sin fin".

Concretándonos a nuestra patria, —según Restrepo Tirado—, si se exceptúan los chibchas y los habitantes de Santa Marta, "todas las tribus colombianas se saciaban con carne humana; tribus había, que engordaban a los hijos para comerlos". No se cita una tribu que en sus grandes solemnidades no se reuniera alrededor de las moyas del fermentado licor... Con las libaciones se desarrollaba la sed de sangre. Los prisioneros de guerra eran conducidos ante la desenfrenada multitud y rendían la vida en medio de refinados tormentos. Su sangre, bebida con avidez, y sus crudas carnes servían de pasto a esos desgraciados. En ocasiones sacrificaban las vidas humanas por la sola satisfacción de gozar con sus sufrimientos y lenta agonía...".

Los quimbayas —por otra parte tan dignos de alabanza—, coronaban sus borracheras con horrorosas matanzas efectuadas entre ellos mismos.

El pueblo de Carnicerías —según el doctor Cuervo Márquez—, recibió este nombre porque los conquistadores hallaron allí venta pública de carne humana.

De los caribes del norte de nuestro suelo, fray Tomás Ortiz —primer obispo de Santa Marta—, dio al Consejo de Indias, desconsolador concepto, aunque es verdad que el prelado se refiere a una de las porciones más abyectas de nuestros salvajes, por desgracia a varias de nuestras tribus se le podrían aplicar algunas de las notas del documento a que nos referimos; entre otras cosas dice que "comían carne humana... andaban desnudos, no tenían vergüenza, eran como asnos, abobados, alocados, insensatos, y que no temían en nada matarse ni matar... se preciaban de borrachos... eran bestiales en los vicios... ninguna obediencia ni cortesía tenían hijos a padres... no eran capaces de doctrina ni castigo... eran traidores, crueles y vengativos... haraganes, ladrones, mentirosos... ni guardaban lealtad maridos a mujeres ni mujeres a maridos... eran hechiceros... cobardes como liebres, sucios como puercos; comían piojos, arañas y gusanos crudos doquiera que los hallaban. .. con los enfermos no usaban piedad ninguna y los desamparaban a tiempo de la muerte... No creó Dios gente más cocida de vicios y bestialidades sin mezcla de bondad o policía".

Estos, entre otros, fueron elementos primitivos de nuestro pueblo; hoy día se ha realizado en éste una transformación milagrosa; autor de ella fue la civilización cristiana, y ésta nos vino con la conquista española.

SÍNTESIS

Nociones sobre el indigenismo. Los españoles hallaron en América tres grandes imperios: el de los mejicanos, peruanos y chibchas. Los aztecas fundaron la gran Tenochtitlán; fueron buenos agricultores y dispusieron de excelentes vías; tuvieron buena organización social, industria textil y grandiosa arquitectura; su calendario ha sido admirado tuvieron escritura figurativa y fueron capaces de subyugar a otras naciones.

De los mayas podríamos emitir análogo concepto. En los imperios mencionados la juventud era educada con esmero; tenían casas de inválidos y rio había esclavos de nacimiento. Pero su moral era muy inferior a la de las naciones civilizadas: su legislación era extremadamente rigurosa; las guerras eran crueles; su religión era sanguinaria y el canibalismo crecía.

Los incas convirtieron el imperio en un jardín; cruzaron el país con magníficas vías; fueron notables por sus tejidos, arte plumario, alfarería y trabajos metálicos; en sus construcciones predominó la armonía y la solidez; embalsamaron los cuerpos con pericia. El gobierno era paternal. La mujer fue bien tratada y las guerras tenían fin cultural.

De su moralidad se han hecho elogios sorprendentes; todo esto no obstante, no había iniciativa individual los súbditos no recibían sino el vestido y el sustento; la legislación castigaba casi todos los delitos con la muerte; su religión no estuvo exenta de sacrificios humanos.

Los chibchas, aunque fueron buenos agricultores, descollaron por sus industrias textiles y orfebrería y fueron buenos comerciantes, tuvieron grandes defectos: su concepto sobre la vida futura fue muy material; efectuaron sacrificios humanos; el absolutismo del soberano era exagerado; la legislación era severísima; las guerras fueron crueles; los padres viejos eran arrojados del lugar; en las borracheras se permitían pavorosos desórdenes.

Aunque los piel-roja tienen grandes cualidades, son perezosos. Los araucanos, excelentes guerreros y organizadores, fueron panteístas, fetichistas y supersticiosos. Hecha la salvedad de los pueblos mencionados, las demás naciones americanas fueron dignas de compasión por su envilecimiento.

EL MUNDO AL ALBOREAR LA ÉPOCA DE NUESTRA INDEPENDENCIA

Europa. En el siglo XVIII el panorama de Europa presentó una faz diversa de la de los siglos anteriores, debido a las transformaciones de las ciencias políticas, filosóficas y económicas de los pueblos, a la modificación de las costumbres, al cambio de situación de algunas naciones y a la aparición de otras.

El siglo XVI había sido el siglo por excelencia de las glorias de España; el siglo XVII lo había sido de Francia; en el siglo XVIII brillan como astros de primera magnitud Inglaterra, Francia y Austria; Prusia y Rusia surgen con avasalladora fuerza y España camina hacia el ocaso de su gloria.

Inglaterra en el siglo XVIII, dominada por hombres de la talla de Pitt, adquirió las inmensas colonias del Canadá y la India, extendió su preponderancia marítima y por medio de su desenvolvimiento comercial se puso al frente de las potencias económicas del mundo.

Al declinar el mencionado siglo, los Estados Unidos sacuden la dominación inglesa y señalan a la América Española los derroteros para escalar el alcázar de la libertad. Francia anegada en las llamas de la revolución esparce por el mundo los detalles de una libertad desmedida.

La América española. Las grandes colonias españolas en América al alborear la época de nuestra emancipación estaban distribuidas en virreinatos, capitanías y presidencias.

Los virreinatos eran: el de Méjico, Nuevo Reino de Granada, el Perú y Río de la Plata; las Capitanías Generales eran las de Guatemala, Cuba, Venezuela y Chile. Del virreinato del Río de la Plata dependían las regiones correspondientes al Paraguay, Uruguay y Bolivia; ésta se llamaba entonces Alto Perú. Existieron además las presidencias de Quito, Cuzco y Charcas.

El Nuevo Reino de Granada. El Nuevo Reino de Granada al estallar la revolución de nuestra independencia se hallaba dividido en las provincias de Veragua, Panamá, Chocó, Antioquia, Cartagena, Santa Marta, Riohacha, Socorro, Pamplona, Tunja, Casanare, Santafé, Mariquita, Neiva y Popayán.

La población del Nuevo Reino ascendía a dos millones de habitantes; el país se hallaba en vía de creciente progreso; la pléyade de hombres preclaros en él nacidos auguraba el porvenir de una patria grandiosa. Notábase marcado descontento con el régimen español y acentuado antagonismo entre españoles y americanos: oí día de la libertad alboreaba en las mentes de los próceres.

ORGANIZACIÓN POLÍTICA Y ADMINISTRATIVA DE LA COLONIA

El mandatario supremo de las vastísimas colonias españolas era el rey: las colonias no eran consideradas como propiedad del Estado, sino como posesiones del soberano; éste ejerció su gobierno por medio de entidades administrativas residentes en España, como la Casa de Contratación y el Supremo Consejo de Indias y por medio de lugartenientes suyos residentes en las respectivas colonias.

ENTIDADES ADMINISTRATIVAS RESIDENTES EN ESPAÑA

La administración de los asuntos de América estuvo en un principio confiada a una Superintendencia que residió en Sevilla; fue Juan Rodríguez Fonseca, posteriormente obispo de Burgos, el primer superintendente; estuvo asesorado por dos ministros. Rodríguez Fonseca era hombre muy entendido y había hecho los preparativos para el segundo viaje de Colón.

LA CASA DE CONTRATACIÓN

Fue establecida de modo definitivo —1503— por los reyes católicos en Sevilla, ciudad que llegó por esta causa a ser el emporio del comercio español; fue llamada también Casa del Océano y Casa de Indias; inauguró un sistema nuevo de administración; sus funciones fueron múltiples: fue en un principio tribunal de comercio y luego también de justicia; tuvo un centro de estudios, donde se formaron los técnicos que habían de gobernar el Nuevo Mundo y los cartógrafos y pilotos quienes de regreso de sus viajes debían consignar en la Casa de Contratación sus observaciones.

Como centro administrativo atendió al empleo de las riquezas procedentes de América y vigiló el tráfico comercial y organizó las flotas; en su oficina de emigración miró por la selección y repartimiento de los colonos que iban a poblar el Nuevo Mundo; como tribunal mercantil juzgaba los asuntos relacionados con el comercio de las colonias.

En 1510 se le dieron atribuciones judiciales relacionadas con las de la Audiencia de Sevilla; dicha Casa quedó luego sometida —1528— al

SUPREMO CONSEJO DE INDIAS

Este consejo, establecido por Fernando el Católico a principios del siglo XVI, fue reorganizado por Carlos V —1524—; habiendo enfermado en este año el soberano, otorgó a dicho consejo la autorización de resolver los asuntos judiciales sin consultar al rey.

Todos los dominios de América quedaron sometidos a esta alta entidad, de cuya jurisdicción dependían los asuntos de carácter administrativo, civil, comercial, económico, militar y religioso referentes a los dominios españoles; dictó también el consejo de la legislación relativa al régimen de las colonias.

Los fallos sentenciados por la Casa de Contratación y de las Audiencias podían ser rectificados por el Consejo de Indias, cuyas decisiones en cambio, eran inapelables; estuvo integrado por altos funcionarios de reconocida competencia y honorabilidad; once de ellos atendían, al departamento de gobierno y siete al de justicia. La historia y la geografía americana son también acreedoras a servicios muy considerables de esta benemérita entidad que perduró hasta la emancipación de las colonias españolas.

AUTORIDADES RESIDENTES EN LAS COLONIAS

Lugartenientes de la autoridad del soberano fueron en las colonias los adelantados, virreyes, capitanes generales, presidentes, gobernadores, audiencias, cabildos y consulados.

En el régimen administrativo de los españoles en sus colonias durante la época de la conquista predominó en un principio la voluntad despótica de los conquistadores; los soberanos de España, a fin de impedir ese abuso, crearon el cargo de adelantado; este era gobernador militar y político de la provincia a él encomendada; costeada la expedición a sus expensas, colonizaba la región propuesta y daba una parte de las ganancias a la corona.

Los virreyes, elegidos entre los personajes de la alta nobleza, eran nombrados por el rey; su autoridad era en sus respectivos territorios comparable a la del soberano mismo; ejercían el poder ejecutivo: estaban investidos de la autoridad política y militar, administraban la hacienda y eran presidentes de las audiencias; en virtud del patronato regio proveían también los oficios eclesiásticos.

Los virreyes, como también los demás altos funcionarios de la colonia, al expirar el período de su administración, estaban sometidos al juicio de residencia; un representante del rey tomaba nota de las quejas de los colonos y de la defensa del acusado, sobre lo cual el Consejo de Indias pronunciaba el fallo de Residencia. Los virreyes dejaban a sus respectivos sucesores una relación de mando o informe, a fin de explicarles la marcha de los asuntos y precaverlos de los peligros y proporcionarles los medios de obviar las dificultades.

Los capitanes generales, presidentes y gobernadores tenían en sus respectivos territorios autoridad análoga a la de los virreyes; todos ellos estaban rodeados de lujosa corte en la que reinaba un ceremonial aparatoso y espléndido.

Las audiencias eran tribunales de justicia; sustanciaban y resolvían pleitos civiles y criminales y solventaban los conflictos entre la autoridad civil y eclesiástica; de sus fallos únicamente se podía apelar al Consejo de Indias y esto solamente en asuntos de gran trascendencia. Las audiencias fueron además instrumentos de gobierno; el virrey o capitán general, estaban obligados a consultar a la Audiencia en los casos trascendentales.

LOS CABILDOS

Los cabildos o ayuntamientos eran las corporaciones encargadas de la administración de los municipios; sus miembros, llamados regidores, administraban los negocios de la población y miraban por el progreso de ella; los cabildos tenían dos alcaldes, de los cuales uno atendía a los asuntos civiles y el otro a los judiciales. Esta benéfica institución gozó de amplias atribuciones y fue la primera forma civil de gobierno que actuó en las primitivas colonizaciones.

Los llamados cabildos abiertos se reunían en ocasiones extraordinarias; a ellos concurrían no solamente los regidores ordinarios, sino los personajes más influyentes de la ciudad; estos cabildos principalmente, han sido considerados por algunos como la cuna de la democracia en las colonias y ellos crearon las juntas de gobierno, que luego proclamaron la independencia de España.

LA LEGISLACIÓN ESPAÑOLA SOBRE INDIAS

La sapientísima legislación española sobre Indias, contenida en la Recopilación de las Leyes de Indias, fue una obra grandiosa; tiene como base el espíritu cristiano y fue el fruto de una prolija y acertada experiencia.

Las raíces de este árbol gigantesco se hallan en el testamento de Isabel la Católica y en las capitulaciones firmadas con los descubridores y colonizadores de América.

Sobre el testamento de Isabel se ha dicho que constituye el fundamento de la legislación española; en él la reina expresa que cuando a los reyes "fueron concedidas por Santa Sede Apostólica y las Islas y Tierra Firme del Mar Océano... nuestra principal intención fue al tiempo que lo suplicamos al papa Alejandro VI, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir y traer los pueblos de ellas y convertirlos a nuestra Santa Fe Católica y enviar a las dichas Islas y Tierra Firme prelados y religiosas, clérigos y otras personas devotas y temerosas de Dios para instruir los vecinos y moradores de ellas a la fe católica, y los doctrinar, y enseñar buenas costumbres..."

Las capitulaciones antes mencionadas y las instrucciones dadas a los gobernantes de la América española constituyen una documentación valiosa para el estudio de la sabia legislación sobre Indias y el conocimiento de los orígenes políticos de estas.

La legislación fue elaborada durante un siglo y contiene más de seis mil disposiciones, muchas de ellas minuciosas, referentes al gobierno del Nuevo Mundo; en ellas se trata de asuntos de economía, justicia, culto, instrucción, artes, letras, higiene etc... Hecha la recopilación, —fines del siglo XVI—, se formó con ellas —siglo XVII—, un cuerpo de nueve libros, de los cuales el sexto se refiere a la protección de los indígenas; éste es especialmente célebre y acredita a España como pueblo colonizador.

Los legisladores de Indias son acreedores a la gratitud de la sociedad americana, especialmente de los indígenas, y en general de la clase obrera.

Los indios fueron considerados, desde el tiempo del descubrimiento de América, como vasallos libres de la corona —junio 20 de 1500—; cédulas reales posteriores confirmaron frecuentemente esta declaración, y afán continuo de los misioneros fue hacerla regir, para lo cual se vieron obligados a afrontar lucha tremenda con los encargados del cumplimiento de aquella.

Numerosas fueron las leyes encaminadas a procurar la conservación de los indígenas, su formación religiosa y moral y su progreso material. Los indios podían contratarse libremente con españoles o indios para el trabajo, mediante salario equitativo; los trabajos personales únicamente se les imponían por turnos; poseían resguardos de tierras que les aseguraban una decente subsistencia y se les protegía con leyes propias de menores de edad, a fin de librarlos de las garras de gentes codiciosas; el precio del jornal se dejaba al arbitrio de los indígenas, —tasados por las justicias en el caso de pedir éstos excesivamente—; se prohibió a los indios llevar cargas a la espalda —con excepciones bien definidas para los puertos y regiones sin caminos—; leyes prudentes reglamentaron el uso de las bebidas alcohólicas, a fin de evitar la degeneración de los indios; leyes de previsión y socorro autorizaban el establecimiento de cajas de comunidad, cuyos fondos se destinaban a auxiliar a los indígenas inválidos y ancianos y al sostenimiento de hospitales, hospicios y escuelas.

Por disposición de Felipe II —1593—, se mandó castigar con mayor rigor a los españoles que maltrataran a los indios que si los mismos delitos se cometiesen contra los españoles; los desmanes contra los indígenas fueron declarados delitos públicos por orden del rey.

La clase trabajadora fue objeto de singular consideración por parte de los legisladores de Indias: se fijó la jornada de ocho horas para los trabajadores en las obras militares, y para las demás, se encareció la obligación del descanso dominical; se ordenó que el jornal se pagase en dinero, semanalmente y personalmente; se impuso a los dueños de minas la obligación de proporcionar médicos que atendiesen a los trabajadores, y maestros para la instrucción de los hijos de los obreros; se dictaron órdenes prudentes para mirar por la salud de los trabajadores en las faenas peligrosas.

El cumplimiento de las leyes favorables a los indígenas y obreros procuró asegurarse, mediante la vigilancia de inspectores, y mediante sanciones convenientes.

Aunque la mente de los legisladores hubiese sido eminentemente humanitaria y cristiana, de hecho, las leyes fueron en ocasiones interpretadas según la conveniencia de los funcionarios, de lo cual se originaron lamentables abusos administrativos.

SÍNTESIS

El mundo al alborear la época de la independencia. En Europa —siglo XVIII— hubo grandes transformaciones políticas, filosóficas y económicas. Entre las grandes naciones descollaban Inglaterra, Francia y Austria. Al declinar el siglo mencionado, se independizan los Estados Unidos y Francia revolucionada esparce por el mundo las ideas del libertinaje.

La América española se hallaba dividida en virreinatos, presidencias y capitanías generales. El Nuevo Reino estaba dividido en quince provincias; su población se aproximaba a dos millones de habitantes; había descontento con el régimen español y antagonismo entre criollos y peninsulares.

Organización política y administrativa de la colonia. el rey ejercía el gobierno por medio de entidades residentes en España y de lugartenientes en América; entidades residentes en España fueron la Superintendencia de Sevilla, la Casa de Contratación establecida —1502— por los reyes católicos; en 1523 quedó sometida al Supremo Consejo de Indias; fue este establecido por Fernando el Católico y reorganizado por Carlos V -—1524—; a él quedaron sometidos los asuntos de América; dictó la legislación del régimen de las colonias; perduró hasta la emancipación de estas.

Lugartenientes en América de la autoridad del soberano fueron los adelantados, los virreyes quienes estaban sometidas al juicio de residencia y dejaban una relación de mando; los capitanes generales, los presidentes, gobernadores; instrumentos del gobierno fueron las audiencias o tribunales de justicia, los cabildos y los consulados.

La legislación de Indias fue grandiosa: tiene como base el espíritu cristiano y fue fruto de larga experiencia; sus raíces se hallan en el testamento de la reina Isabel y en las capitulaciones; fue elaborada durante un siglo y contiene más de seis mil disposiciones; uno de sus libros se refiere a la protección de los indígenas. Dichas leyes fueron interpretadas en ocasiones según la conveniencia de los funcionarios.

EL CAMBIO DE DINASTÍA EN ESPAÑA AL INICIARSE EL SIGLO XVIII: SUS REPERCUSIONES EN LA ADMINISTRACIÓN DE LA PENÍNSULA Y DE LAS COLONIAS

Reinando en España la dinastía de Austria, Francia durante un siglo hizo grandes esfuerzos para apoderarse de la preponderancia española.

Debilitada España por el desgobierno de sus príncipes que confiaron en manos de ineptos ministros los destinos de la nación, y agotada por las innumerables guerras emprendidas desatinadamente por sus gobernantes, llegó aquella al ocaso de su grandeza durante el reinado de Carlos II, el Hechizado —1665 - 1700; fue este un príncipe raquítico y deforme; debido a su juventud, flaqueza física y pobreza de espíritu, estuvo sometido, a continua tutela, durante la cual, España fue víctima de las ambiciones de Francia.

Al morir Carlos II de España, designó para sucederle en el trono a su sobrino Felipe, nieto de Luis XIV; creía sinceramente Carlos II que ningún soberano europeo defendería a España como el rey de los franceses.

Leopoldo, Emperador de Alemania, que también alegaba derechos sobre el trono de España, formó una coalición europea contra Francia; después de guerra encarnizada que duró cerca de quince años, por el tratado de Utrecht —1713—, fue reconocido Felipe V rey de España; con tal suceso expiró en esta la dinastía austríaca y se entronizó la borbónica.

Por lo que a la península respecta, con el cambio de dinastía se acentuó el predominio de Francia sobre España, hasta el punto de haber llegado a ser esta un satélite de la primera.

El cambio de dinastía en España con referencia a las colonias, aunque no amenguó en manera alguna el régimen absolutista de los Habsburgos, bajo otros aspectos efectuó reformas trascendentales; ellas podrían reducirse a modificaciones intelectuales, administrativas y económicas.

Las reformas educativas habrían podido ser inmensamente más provechosas para las colonias americanas, sin el paso desacertado de la expulsión de los jesuitas efectuado por la dinastía borbónica; en otro lugar nos ocuparemos del perjuicio irreparable que Carlos III causó a las colonias al expulsar aquella legión de expertos educadores que en numerosos colegios instruían a la juventud americana y en las reducciones civilizaban a nuestros indígenas; la medida desacertada del monarca, según insignes comentadores, "marcó un evidente retroceso en las colonias".

Por lo demás, el llamado Renacimiento borbónico, representado en España por Carlos III y sus Ministros, imbuidos del renacimiento francés del siglo XVIII, impulsó los estudios científicos en América; fruto de aquel podrían considerarse en las colonias ultramarinas, bajo ciertos aspectos, la apertura de algunos nuevos establecimientos, tales como la Universidad de Caracas -1721—; la de Santiago de Chile —1738—; la de la Habana -1782—; la de Quito —1791—; el Jardín Botánico —1788— en Méjico; la Expedición Botánica —1783— en el Nuevo Reino de Granada; el Colegio de San Carlos en Lima —1771—; la Academia Carolina de la Universidad de Charcas —1770—, en el Alto Perú; el Colegio de San Carlos —1783— en Buenos Aires. Así mismo los estudios jurídicos y de legislación fueron impulsados por los borbones. En los centros fundados bajo el influjo de estos se atendió a dar especial preponderancia a los estudios prácticos.

Entre las expediciones científicas que visitaron la América, favorecidas por los borbones, figuran la francesa dirigida por La Condamine —1736—, cuyo objetivo era completar el conocimiento sobre la forma exacta de la tierra, y la dirigida por Ruiz y Pavón —1777—; ésta visitó al Perú y a Chile y realizó fecunda labor referente a la flora de los países mencionados. La expedición científica de Sesé y Mociño —1788— exploró a Méjico, Centroamérica y algunas de las Antillas.

La expedición del Barón de Humboldt y Bonpland —1799— a América impulsó de manera decisiva los estudios científicos especialmente en el Nuevo Reino de Granada y atrajo la atención del mundo científico de Europa hacia la América. Humboldt confirmó a Bolívar en sus ideas emancipadoras, al manifestarle su concepto sobre la capacidad de los criollos para regir por sí propios los destinos de las colonias españolas.

El mencionado renacimiento literario y científico formó núcleos de hombres esclarecidos quienes, a la luz de aquel benéfico movimiento, tramaron los planes de la emancipación.

Los cambios administrativos inaugurados por los Borbones fueron notables: creada la secretaría de Indias —1714—, y con el fin de atender mejor al desarrollo económico y político, fueron creados el virreinato de Nueva Granada —este definitivamente en 1739—, el del Río de la Plata —1776—, la Capitanía general de Venezuela —1777—, y las de Chile —1778— y Guatemala; las capitanías fueron dotadas de fuerza excepcional.

La demarcación interna de las regiones fue afectada con cambio profundo por el establecimiento de las Intendencias al estilo francés; éstas fueron altamente provechosas para la unificación y regularización del sistema administrativo y concentraron los ramos, político, de hacienda, de guerra y de justicia.

Los intendentes, fueron hombres probos que prestaron valiosos servicios a los virreyes y capitanes generales. Expertos visitadores exigían con rigor el cumplimiento de las medidas administrativas; de esta suerte, la estructura colonial para fines del siglo XVIII había sido notablemente modificada.

Por lo que a las reformas económicas respecta, la Casa de Borbón durante el siglo XVIII hizo algunas modificaciones que favorecieron a América en lo referente a libertad de comercio: Carlos III quitó la traba de un solo puerto español para la importación y exportación y abrió nueve puertos más para el comercio con las Antillas —1765—; posteriormente —1768—, el rey otorgó la libertad de comercio entre los virreinatos del Nuevo Reino y del Perú; en 1774 se autorizó la navegación del río Atrato —antes prohibida bajo pena de muerte—, con lo cual se facilitó el comercio del Nuevo Reino con el Perú; en 1778 el rey permitió el intercambio comercial y suprimió parte de los impuestos comerciales; en 1794 fueron creados consulados de comercio en Caracas y Cartagena, los cuales fomentaron el desarrollo de las industrias y la agricultura; aunque Carlos IV —1795 y 1797—, amplió las concesiones de Carlos III, subsistieron al fin de cuentas tales trabas económicas, que mantuvieron vivo el descontento de los colonos, descontento que figuró entre los factores de nuestra emancipación, según consta por las actas de ésta.

ESTADO SOCIAL

La sociedad estaba integrada por las clases siguientes: españoles o peninsulares; ocupaban los puestos elevados y prácticamente eran dueños del gobierno y de la mayor parte de las riquezas; los criollos o hijos de españoles nacidos en las colonias, ocupaban los puestos secundarios, no obstante las disposiciones de las Leyes de Indias que prescribían la igualdad entre peninsulares y criollos; los indios; vivían dedicados al laboreo de las minas y a las faenas agrícolas; los negros fueron traídos de África para la explotación de minas; no había para ellos ley alguna que los amparase; los mestizos eran los hijos de blancos e indios; los mulatos procedían de los blancos y los negros; los zambos eran hijos de negros e indios.

La corona española protegió los matrimonios entre los españoles y los indígenas.

EL ESTADO ECONÓMICO

El estado económico al alborear la época de nuestra emancipación era precario y estaba totalmente supeditado a la metrópoli. El movimiento industrial era casi nulo por las siguientes causas: las contribuciones exigidas por el gobierno español eran excesivas; los colonos tenían prohibición de exportar artículos determinados; les estaba prohibido igualmente cultivar algunos productos y no podían comerciar libremente sino con España.

A los americanos les estaba vedado el plantío de viñas y olivares; en instrucción del gabinete de Madrid hecha al virrey Amar se le advertía que no se consintiera el que aquí se fabricasen paños. En Santafé, poco antes de la revolución de independen se mandaron destruir las plantaciones de lino y se ordenó cerrar las fábricas de sombreros, batán y loza. Llegó en nuestra patria a haber pena de muerte para los comerciantes que traficaran con géneros extranjeros.

Las industrias más productivas en los tiempos coloniales fueron el laboreo de las minas y la agricultura; notables entre las primeras fueron las de plata próximas a Mariquita, y las de oro en el Chocó y Antioquia. El servicio de correos fue impulsado por los virreyes Pizarro y Solís, y la agricultura por Caballero y Ezpeleta.

LAS ENCOMIENDAS

Mediante las encomiendas se confiaba a un territorio o población a un individuo —encomendero— quien debía amparar a los indios a él confiados, cristianizarlos y civilizarlos; así mismo, percibía los tributos o servicios personales que los habitantes debían rendir a la corona. Los indios estaban obligados a pagar el tributo desde los 17 hasta los 50 años.

Aunque con el sistema de las encomiendas no se pretendió la opresión de los indios, en la práctica dicho régimen se prestó a deplorables abusos, cuando los indios cayeron bajo el dominio de encomenderos sin conciencia; de esta suerte el sistema de las encomiendas fue uno de los medios más lamentables para el establecimiento de la esclavitud.

Mediante las mitas —del quichua "mita", vocablo que significa turno—, el indio estaba obligado a prestar sus servicios personales en las minas o en los campos durante cierto tiempo.

La posición del indígena. A pesar de la buena voluntad de los soberanos españoles y de las severas disposiciones dictadas por ellos con el fin de asegurar el bienestar de la raza indígena americana, la situación de ésta en los tiempos de la conquista llega a ser en ocasiones lastimosa.

Fue pues la posición indígena digna de compasión profunda a causa de haberse visto despojado de sus dominios una vez que la mano acerada del conquistador se los arrebató; cayó el indio en triste servidumbre recibiendo en ocasiones, por aventureros sin conciencia, el trato que se da a las bestias; vióse obligado a pagar desmedidos tributos; no podía obtener empleo de alguna consideración; no podía aspirar a la obtención de una desahogada posición económica y rarísima vez podía alcanzar una mediana instrucción.

Por lo que a la servidumbre respecta, ella comenzó con la conquista misma; véase este sombrío cuadro trazado por el emperador Carlos V, en el cual se esfuerza el mandatario por aducir el remedio a la situación aflictiva de los indios.

"Don Carlos e Doña Juana su madre, etc. Por cuanto Nos somos certificados e es notorio que por la desordenada codicia de algunos de nuestros súbditos que pasaron a las nuestras Islas e Tierra Firme del mar océano, así en los grandes e excesivos que les daban teniéndolos en las minas para sacar oro o en las pesquerías de las perlas, e en otras labores e granjerías, haciéndoles trabajar excesiva e inmoderadamente; no les dando él vestir e el mantenimiento que les era necesario para sustentación de sus vidas, tratándolos con crueldad e desamor mucho peor que si fueran esclavos; lo cual fue e. ha sido causa de la muerte en gran número de los dichos indios en cantidad que muchas de las islas e parte de Tierra Firme quedaron yermas e sin población alguna de los dichos indios naturales dellas, e de que otros huyesen e se ausentasen de sus propias tierras e naturalezas e se fuesen a los montes e otros lugares para salvar sus vidas e salir de la dicha sujeción e maltratamiento; movidos por la dicha codicia, olvidando el servicio de Nuestro Señor e Nuestro, hirieron e mataron a muchos de los dichos indios en los descubrimientos e conquistas, e les tomaron sus bienes, sin que los dichos indios les hubiesen dado causa justa para ello, ni resistencia ni daño alguno para la predicación de nuestra Santa Fe... por lo cual mandamos que agora e de aquí en adelante.... se mande e ¡cumpla lo yuso será contenido en esta guisa....

Que así mismo las justicias procuren saber quiénes tienen indios esclavos, traídos de sus tientas... (y) los hagan volver... Que todos e cada uno de los capitanes que para en adelante fueren a descubrir tierras, lleven a lo menos dos clérigos de misa, aprobados por nuestro Consejo de Indias, por lo que toca a la conversión e endoctrinamiento de los dichos indios, e para mirar que nadie les haga mal tratamiento ni violencia, defendiéndolos e amparándolos e evisándonos de los que en esto contravinieren.

Dado en Granada a 27 de noviembre de 1526".

Fueron los abusos los que colmaron la desgracia del indígena; los hubo desde luego —según antes indicamos—, en las encomiendas y en las mitas.

El indio prestaba el servicio de la mita por sorteo durante un año, al cabo del cual podía regresar a su pueblo, en donde debía servir al corregidor hasta que fuera otra vez llamado al servicio de la mita. Hechos los cómputos de sus exiguas ganancias se ha inferido que siempre salía endeudado para con sus amos.

Según fehaciente testimonio de autoridades españolas, los corregidores cometían grandes abusos con los indígenas, como eran librar a algunos de ellos del trabajo si les daban alguna recompensa, y hacerlo recaer sobre otros a quienes no correspondía.

El indio, al experimentar un cambio brusco de clima y al ser obligado a trabajar dentro del agua, sucumbía en las duras faenas del mitayo o enfermaba, de suerte que quedaba inútil para todo trabajo posterior.

Según testimonio de Ulloa, los corregidores formaban dos. cartas de cuentas por cuyo medio obligaban a pagar a los indios que no estaban obligados aún por razón de su edad, o a los que estaban ya exentos por razón de su vejez, y su maldad los llevaba hasta hacer pagar doble contribución a las víctimas de su codicia.

La posición del esclavo. En vista de las quejas de los misioneros ante la corte, por razón de los duros trabajos a que estaban sometidos los indios en el laboreo de las minas de América, resol vio Carlos V enviar del África negros, hombres de raza más fuerte que la americana. Esta resolución acarreó funestas consecuencias a los africanos que se vieron sometidos a abominable tráfico durante cuatro siglos.

Los negros que a América vinieron procedían sobre todo de Guinea, Congo y Berbería; se calcula en unos diez millones el número de los que en tiempos sucesivos pasaron a América.

Los esclavos fueron la porción más desgraciada de nuestra sociedad: eran cazados como fieras en su patria; traídos como fardos a los emporios de carne humana tales como La Española, Cartagena, Portobelo y Panamá, se les vendía como animales; amos crueles les daban trato inhumano y les marcaban con hierro candente: no había ley alguna que los amparase y no brillaba para ellos esperanza de alcanzar jamás una acomodada condición económica.

La posición del criollo. Los criollos se hallaban profundamente descontentos. Se quejaban de que no obstante sus capacidades, se veían privados de los altos puestos: de ciento setenta virreyes que hubo en el Nuevo Mundo, sólo cuatro fueron criollos; de seiscientos dos mandatarios —presidentes, gobernadores y capitanes generales—, fueron americanos tan sólo catorce. Se quejaban de que los españoles, por juzgarse superiores, miraban con desdén y trataban con altivez a los hijos de este suelo.

Se quejaban de que las juntas de España no les admitían de este riquísimo dominio del Nuevo Reino sino un solo representante ante la Junta Central, siendo así que por las provincias más infelices de la Península acudían dos, resultando así, según expresión de Camilo Torres, "una diferencia como la que va de nueve a treinta y seis".

Se quejaban de que la Madre patria negaba la ilustración conveniente a los hijos de este suelo: oigamos al vocero de nuestra libertad: "La imprenta, el vehículo de las luces, ha estado prohibida en América... Nuestros estudios de filosofía se han reducido a una jerga metafísica por los autores más oscuros... No ha muchos años que ha visto este reino suprimidas las cátedras de derecho natural y de gentes; porque su estudio se creyó perjudicial: perjudicial el estudio de las primeras reglas de la moral que grabó Dios en el corazón del hombre... Bárbara crueldad del despotismo enemigo de Dios y de los hombres, y que sólo aspiraba a tener a éstos como manadas de siervos viles...".

Se quejaban los criollos del monopolio exagerado del comercio que por favorecer a la metrópoli, ponía grandes trabas al desarrollo de los productos de nuestra tierra. Se quejaban en fin, de que sólo sobre ellos pesasen las contribuciones, mientras los peninsulares estaban exentos de ellas.

Sobre la posición del criollo se expresa así, gráficamente, doña Josefa Acevedo de Gómez: "todas nuestras esperanzas y alegrías, todos nuestros duelos y regocijos nos venían del otro lado del Océano. ¡Nada era nacional para nosotros! Hasta las telas y alimentos se llamaban de Castilla cuando tenían alguna superioridad.

De allí nos venían los virreyes, los oidores, los empleados de Hacienda, los canónigos, los alcaldes y los soldados. De allá recibíamos las ropas y también los víveres que no produce el país. De allá nos venían las indulgencias, las reliquias, la salvación del alma. ¡Pobres colonos! Nada teníamos. ¡Ni aún el sentimiento del amor patrio, que había dormido trescientos años en nuestros fríos y esclavizados corazones!"

LOS IMPUESTOS COLONIALES

La intervención fiscal durante el régimen español se hizo sentir acentuadamente sobre los colonos; aquella marcada intervención y su defectuosa organización produjo malestar y descontento y ocasionó movimientos de insurrección, como el de Tupac Amaru en el Perú y el de los Comuneros del Nuevo Reino de Granada.

Los numerosísimos impuestos coloniales, unos eran directos, otros indirectos, y otros consistían en monopolios estatales.

Impuestos directos. Unos afectaban a los indios, como el de vasallaje indígena: cada indio debía pagar de uno a diez pesos por año, desde los 17 a los 50 años; otros afectaban a los blancos, como la media anata o sea, el pago del 50% del sueldo que el agraciado percibía durante el primer año de empleo; la venta de empleos; la Bula de Cruzada, por la cual los padres de familia pagaban alrededor de cinco pesos; al principio no fue obligatorio, luego se generalizó; la mesada eclesiástica, o sea el pago de un mes de sueldo que daban los párrocos sobre sus ingresos anuales.

Impuestos indirectos. Unos eran mercantiles, como el de avería, destinado al pago de la escolta naval; Armada de Barlovento que, aunque en un principio se impuso para sostener la guerra contra los piratas, luego extinguidos éstos, quiso sostenerse; alcabala, por la cual se pagaba el 10% de lo que de la América ingresaba a la península y el 6% de lo que de ésta ingresaba a América; almirantazgo que, aunque en un principio se dispuso a favor del almirante Colón, luego se cobró a favor del erario; almojarifazgo, pagado por las mercancías al salir y llegar a los puertos de España y América; tonelaje, cobrado, según el tonelaje de los buques.

Otros impuestos eran agrícolas, como los diezmos; otros mineros, como los quintos reales; otros pertenecían a diversas rentas, como los espolies, o aplicación a la corona de las rentas episcopales de las sedes vacantes, los derechos herenciales y el papel sellado.

Los monopolios estatales recaían sobre el uso de los naipes, aguardientes, tabaco, sal y pólvora.

ACCIÓN DE LA IGLESIA

La obra de la iglesia fue grandiosa; la iglesia valiéndose de medios suaves, ayudó eficazmente a las empresas de la conquista y civilización de las tierras nuevamente descubiertas; la obra espiritual y moral fue suya y ella influyó decididamente en la difusión del bien social y aún material de las colonias.

Los misioneros, heraldos de la civilización auténtica, recorrieron, como los conquistadores el país, con menos medios de subsistencia que ellos y sin retribución humana por sus sacrificios heroicos; muchos de ellos fueron mártires; otros sucumbieron sin que el mundo se hubiese dado cuenta de sus sacrificios; éstos son los verdaderos héroes ignotos.

Ellos, muchas veces abrieron el camino a los conquistadores, amortiguaron la aspereza de éstos, estudiaron al indio, ganaron su corazón, lo civilizaron, formaron de él un hombre idóneo para el trabajo, un ciudadano culto y un soldado apto para defender la patria y engrandecerla.

En cada convento, iglesia o casa cural había una escuela; por eso se ha dicho que decir monasterio equivale a decir escuela.

Los centros misionales eran verdaderos focos de cultura, en donde los indígenas aprendían el cultivo de la tierra y las artes. Los centros de elevada enseñanza durante la época colonial se deben así mismo a la Iglesia. La primera imprenta y la instalación de las primeras bibliotecas en el Nuevo Mundo se debieron a los clérigos. En los centros eclesiásticos mencionados halló igualmente el desvalido, albergue en su miseria.


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